En Hungría, por muerte del rey Ladislao, entró a gozar la corona un hijo suyo, llamado asimismo Ladislao como el padre (que entonces venía el reino de padres a hijos, no como ahora, por votos de los potentados). Era Ladislao príncipe generoso, gallardo, de afable condición y bien entendido, y de todas maneras amable, y así, desde que entró a reinar fue muy querido de sus vasallos; al cual, amándole príncipe, no le olvidaron rey: solo en el caso que voy contando fue notado de fácil; mas hay lances, aunque mentirosos, con tantas apariencias de verdad, y más si los apoyan celos, que más merecen disculpa que castigo.
Siéndole forzoso tomar estado para dar herederos a su reino, pidió por esposa al rey de Inglaterra a la bellísima infanta Beatriz, su hija, que era de las más perfectísimas damas en hermosura, entendimiento, virtud y santidad que en todos aquellos reinos se hallaba en aquella sazón. Pues siéndole concedida por esposa, y hechos los conciertos y puesto en orden lo necesario, mandó el rey que fuese por la reina el infante Federico, su hermano, mozo galán y discreto.
No cansemos con esto a los oyentes, pues se dice todo con decir que, con ser Ladislao tan perfecto, había opiniones de que con Federico había sido más pródiga la naturaleza, aunque lo desdoraba con ser tan inclinado a los engaños y travesuras con que los mozos oscurecen la virtud, pasando por achaques de la mocedad.
Era Federico de un año menos que el rey, y tan amado de él que muchas veces estuvo determinado (si no fuera por las importunaciones de sus vasallos) a no casarse, porque quedara rey después de sus días.
Puesto en ejecución el viaje y efectuado con próspero suceso, fue recibido Federico en Inglaterra con el contento y aplauso que era debido a un hermano de Ladislao. Dispusiéronse muy solemnes fiestas para cuando, en virtud de los poderes del rey su hermano, diese la mano a la hermosa infanta, la cual hasta este día, que fue al segundo que llegó Federico, no se había dejado ver por su grande honestidad.
Llegó el ya señalado día en que se habían de efectuar los desposorios, y cuando a los ojos de Federico se mostró la bella infanta Beatriz, tan adornada de belleza como de ricas galas, al punto que puso en ella los ojos quedó sin vida: poco digo, sin potencias; no es nada, sin sentidos; levantémoslo más, quedó sin alma, porque todo lo rindió y humilló a la vista de tal hermosura y belleza.
Fue de suerte que, a no serle a la infanta dificultoso de creer que en un hermano de su esposo pudiera tener lugar tal locura, en su turbación conociera el achaque de que había enfermado con su vista. Diole, en fin, la mano Federico en nombre de su hermano, quedando celebrado el matrimonio, y en su corazón una mortal basca de ver ya imposible su amor.
No fue parte para que desistiera de él ver que ya no tenía remedio, ni el considerarla mujer de Ladislao, ni conocer su honestidad, como asimismo la ninguna esperanza que podía tener su desatinado amor; y con este desdichado tormento asistió, en compañía de los reyes de Inglaterra y de la reina Beatriz, su cuñada, a las fiestas, con tanta tristeza que daba que sospechar a cuantos le veían tan melancólico, y más a la reina, que cuantas veces le miraba, le hallaba divertido en contemplar su hermosura; y como era bien entendida, no dejó de imaginar la enfermedad de Federico y conoció de qué procedían sus melancólicos accidentes, y por esto se determinó a no preguntarle la causa, por no oír alguna atrevida respuesta.
No era Federico tan falto de discurso que no considerase cuán mal cumplía con la obligación de quien era, y las que debía a Ladislao: y entre sí se reprendía y decía: «¿Qué locuras son estas, mal aconsejado príncipe? ¡Es posible que te dejes llevar de tan mal nacidos e infames deseos; no digo yo, no siendo hermano y tan amado de Ladislao, sino un vasallo! ¡Es justo que tú imagines en su ofensa, amando y deseando su esposa! Delito tan abominable y feo que, aun entre bárbaros, era para causar escándalos y sediciones, cuanto más entre príncipes cristianos. ¿En qué me tendrá el mundo? ¿Qué dirá Beatriz, si los unos y los otros llegasen a saber mi locura? No, no ha de ser así: mal nacidos deseos, yo os he de vencer, que no tengo de quedar vencido de vosotros.»
Con esto le parecía cobrar fuerzas y valor para resistir la violencia de su apetito; mas apenas volvía a mirar la perficionada belleza de la reina, cuando se le volvía a enredar la voluntad entre las doradas hebras de sus cabellos, y tornaba de nuevo a lastimarse, diciendo: «¡Desdichado fue el día en que yo partí de Hungría, y entré en Inglaterra, y más desdichado en el que vi, Beatriz, tu acabada belleza! ¡Oh Ladislao, ya no hermano, sino enemigo! ¿Es posible que he venido, por tu ocasión, a darme la muerte y llevarte a ti mi vida? ¿Cómo consentiré que goces y poseas el bien que solo me puede hacer dichoso? ¡Ay de mí, que no sé qué consejo tome, ni qué bando siga, si el de mis abrasados deseos o el de la razón! Porque si a ellos he de seguir, me aconsejan que te quite la vida para tenerla, y si a ella, me dice que muera yo, y que vivas tú.»