Con esto estaba tan de veras penando, que parecía a los que han visto visiones de la otra vida. Ya se determinaba a descubrir su pasión a la reina, y ya se reducía a morir callando, si bien no le pesara de que ella, entendiéndole por los contingentes del rostro, le saliera al camino preguntándole la causa de su tristeza; mas, como he dicho, la sabia y honesta señora, no ignorando el intento con que Federico la miraba, excusaba darle motivo para ningún atrevimiento.
De esta suerte pasaron, Federico muriendo y la reina disimulando, sin darse por entendida, juzgando que el día en que Federico se atreviese a perderle el decoro a ella y a su esposo, no cumplía menos que con matarle, acción debida a su honestidad y grandeza.
Los días que estuvieron en Inglaterra, y después los que duró la jornada hasta Hungría, no consintió la reina que jamás la dejasen sus damas un punto sola, y así lo tenía ordenado a todas.
Llegados a Hungría, se celebraron las bodas de Ladislao y Beatriz con grande alegría y satisfacción de los dos, pues a la reina le pareció corta la fama en contar los méritos de su esposo, y al rey que no era Beatriz mujer, sino deidad o espíritu angélico; tal era la virtud, santidad y hermosura de la bella reina, amándola con tanta terneza que no había más que pedir ni desear.
No por ver Federico a su hermano ya en posesión de la que le había robado el alma cesaron sus libidinosos apetitos y sus viles y desordenados deseos, antes, viéndose de todo punto privado del bien, creció con más fuerzas el deseo de alcanzarle, y ardía en rabiosos celos de ver la terneza con que se amaban y correspondían, pues, como a hermano, y tan querido, no se le negaba el ver los más recatados amores que entre uno y otro pasaban.
Él los veía con mortales bascas y no le faltaba más de declararse con palabras, pues con las señales del rostro bien claro lo manifestaba; mas, como en el pensamiento del rey no podía entrar tal malicia, no entendía sino que aquellos desasosegados accidentes le procedían de alguna enfermedad que padecía, y confirmábalo con haberle dicho Federico algunas veces, a quien había preguntado qué tenía, que hacía muchos días antes de ir a Inglaterra que padecía una mortal melancolía, que cuando le apretaba, le forzaba, olvidado de su prudencia, a hacer semejantes extremos; y si bien había tratado, compadecido del mal de su hermano, que famosos médicos le curasen, había sido sin fruto, porque males del alma pocas veces o ninguna se sanan con hacer remedios al cuerpo.
No lo sentía así la hermosa reina, que como más acertado médico había entendido de qué accidentes nacía la enfermedad de Federico, y hallando sin remedio la cura, pedía a Dios le abriese los ojos del entendimiento para que, conocido su error, saliese de él.
Muchas veces Federico, rendido a su hermosa pasión, se echaba en la cama y se sujetaba a que obrase en él la medicina, hallándose tan flaco y rendido que quisiera que las erradas curas acabaran con su vida; y otras, furioso y desesperado, se levantaba y, como loco, decía que le mataban. En fin, con vida tan poco sosegada y ánimo tan inquieto, vino a ponerse tan flaco y descolorido, negándose a cuantos gustos y entretenimientos su hermano y los grandes del reino le procuraban, y también a la compañía de los caballeros mozos que le seguían y ayudaban en sus pasadas travesuras; porque tratarle de gustos y entretenimientos era darle mil dilatadas muertes.
Un año podría haber que estos dos amantes y esposos gozaban las glorias de su amorosa compañía y bien pagado amor, y Federico las penas infernales de vérselas tener, cuando otro príncipe comarcano deseó engrandecer y aumentar su reino, y dilatar su señorío con el de Ladislao, y para conseguirlo le empezó a hacer guerra por los confines de su reino, de suerte que fue fuerza acudir a la defensa de él, porque le destruía todo cuanto podía alcanzar.
Pues viendo Ladislao que Federico, por su larga, prolija y no entendida enfermedad, no estaba para asistir a la guerra, dispuso él ir en persona a defender su tierra, de que no le pesó a Federico, fortaleciéndose con algunas esperanzas de remedio, faltando el rey, su hermano, del lado de su esposa, pues estaba ya tal este desventurado amante que, si hallara ocasión para aprovecharse de la fuerza, no la dejara, ni por la ofensa de Dios ni de su hermano. ¡Ah, riguroso desacierto de un hombre mal aconsejado con su mismo apetito, que ni mira la justicia divina, ni la ofensa divina y humana!