Dispuso Ladislao su partida bien contra la voluntad de la reina; y más cuando supo que a ella y a Federico les quedaba la gobernación del reino, con orden de que el uno sin el otro dispusiesen cosa alguna, temiendo que en la ausencia del rey no la pusiesen sus atrevimientos en algún cuidado; mas hubo de obedecer en todo, por no inquietar con nuevos cuidados el corazón de su esposo, ni hacerle sabedor de los de Federico.

Juntó el ejército y partió el rey, con gran sentimiento de la hermosa reina; tanto, que en más de un mes no se dejó ver de nadie ni se despachó negocio alguno, por no salir en público en la mitad del mar de sus lágrimas, hasta que, viendo era ya fuerza acudir al cargo que le quedaba ordenado, salió a comunicar con su traidor cuñado el despacho de las cosas tocantes al reino; mas con tanta honestidad, que apenas se podía hallar en ella causa para tenerla por menos que deidad.

Otras veces entraba en su cámara Federico a consultar los papeles, con lo que, si antes estaba perdido, ahora se remató con tanto extremo que casi se declaraba con palabras equívocas y decía su pasión con señas bien claras, de modo que las damas que asistían siempre a la reina, por orden suya, ya conocían de qué causa procedía el mal de Federico, y lo platicaban unas con otras, a excusas de la reina.

Determinado estaba Federico a descubrir a la reina su amor, y andaba buscando modo para hacerlo, si bien unas veces temía y otras se animaba, y muchas, paseándose por las salas, decía:

—¿Es posible que sea mi atrevimiento tan cobarde que tema decir mi pena a la causa de ella? ¿Qué es esto que me acobarda? ¿Qué importa que Beatriz sea honesta? ¿Qué me detiene el que sea virtuosa? ¿Por qué me acobarda el que sea mujer de mi hermano, si tras todo esto es mujer y puede ser que, por ignorar que ella es la causa de mi mal, no le haya dado el remedio; pues sabemos que las mujeres, en viéndose amadas, aman, y en amando, todo cuanto hay aventuran? ¿Tan poco merezco yo que no conseguiré que me ame Beatriz? Mas, ¡ay de mí!, ¿cómo me ha de amar, si está adorando a su esposo y jamás la veo enjutos los ojos en su ausencia? Pues a una mujer que ama a otro dueño, ¿no es locura intimarle nuevo amor? Claro está que, si a tal me atrevo, airada me ha de dar la muerte; mas ¿qué más muerte que la que padezco? Bien rigurosa por ser dilatada, que, ya que se muera, comodidad es morir presto; mas, ya puede ser que me engañe, y yo mismo me quite la gloria que por el purgatorio que padezco me es debida, pues podría ser que la reina no sintiese tan mal de mi atrevimiento, que es mujer, y en siéndolo, todo está dicho. Ánimo, cobarde corazón, y determínate a declarar tu pena, que lo cierto es que, si Beatriz no sabe que la amo, ¿cómo me ha de amar? Si ignora que padezco por su causa, ¿cómo me ha de remediar? Pues si es así, como lo es, y el proverbio moral dice que a los animosos ayuda la fortuna, en ella fío, y con esta confianza declararé a Beatriz mi pasión amorosa, y si muriese por atrevido, más honor será que morir de cobarde; y si muriese por su gusto, a buenas manos muero.

Con esto se entró en su aposento, y escribiendo un papel con varios acuerdos que primero tuvo, le puso entre unos memoriales que aquel día había de consultar a la reina, y con ellos fue donde estaba con sus damas, tan turbado, que de verle la reina temblar la voz y los pasos se asustó, temiendo que Federico se quería declarar con ella; mas, por no darse por entendida ni temerosa, le recibió con amable y honesto semblante: mandole sentar, lo que él quisiera excusar, porque en su presencia, mirando la reina los memoriales, no leyera el suyo; mas al fin lo hizo, y después de haber hablado de la ausencia del rey y estado de la guerra, y otras cosas de que más gusto podían tener, le dijo Federico (no porque hubiese sucedido, sino por ver qué hallaba en ella):

—Cierto, señora, que hoy me han contado un caso que pasa entre la justicia ordinaria de esta corte, que es bien para admirar, y es que dos hermanos que hay en ella amaban una mujer, y el mayor, o por más rico o más dichoso, la mereció por esposa, con que el menor quedó tan desesperado que, viéndose morir, hallando ocasión, por fuerza gozó a su cuñada. Hase sabido, y está preso por ello, y no se atreven a publicar sentencia contra él porque el marido, que está inocente del hecho, no lo entienda, y no saben qué medio tomar en el caso.

—¿Pues qué medio puede haber —respondió la reina— sino castigar al culpado? Pues cuando el marido lo sepa, sabrá que queda vengado su agravio.

—¿Pues por amar han de quitar la vida a un triste hombre?

—Sí —dijo la reina—; que amar lo ajeno, y más siendo el dueño su hermano, no es delito capaz de perdón, y ese hombre no amaba, sino apetecía el deleite, ni ofendiera lo que amaba en el honor, y más por fuerza.