—No falta quien dice —respondió Federico— que, si bien ella sintió la fuerza, ya le pesa de no haber callado, sintiendo que haya de morir quien la ama; y bien mirado, es cierto que por amar no debe morir.

—Cuando el amor es deshonesto —respondió la reina—, ¿qué privilegio le puede defender del castigo? Y si este caso pasara por mí, no aguardara yo a que ni esposo ni la justicia vengara mi agravio, que yo por mí misma le vengara; y así desde aquí condeno a él y a ella a muerte; a él por el delito, y a ella porque no lo vengó.

Diciendo esto, puso el rostro severo, y con alguna ira dijo:

—Veamos los memoriales que traes, Federico, y no se hable más de esto, que ofensas del honor y del marido las aborrezco tanto, que estoy ofendida aún en haber oído que haya mujer que lo consienta, ni hermano tan traidor que lo piense, cuanto y más que lo ejecute.

—Los memoriales, señora —dijo Federico—, no son para ahora; con más espacio los podrás ver.

Y con esto, no muy contento, se despidió y se fue a su cuarto, maldiciendo la hora y el día en que había visto a Beatriz; la cual, tomando los memoriales, los fue pasando, y al tercero que abrió, vio que decía así:

«Federico, infante, a Beatriz, reina de Hungría, pide la vida que por sentencia de su desdicha en el tribunal de la crueldad está mandado que la pierda, y solo la puede dar la misma causa por quien muere, que es la misma a quien pide la vida. Ya, hermosísima Beatriz (que no te quiero llamar reina, por olvidarme de la ofensa que hago al rey tu esposo), no puede mi sufrimiento tener mi mal oculto, pues basta un año de silencio, ni es tan poco amada vida que, sin buscar algún remedio, la deje acabar; ya que haya de morir, muera, sabiendo tú que muero por tu causa, y por este atrevimiento conocerás la calidad de mi dolor, pues no me deja mirar a quién eres y a quién soy; pues anteponiéndose mi pena a tu decoro, mi atrevimiento a tu honestidad y mi amor a todos los inconvenientes, me fuerza a que publique que tu hermosura es causa de mi muerte. Yo te adoro, ya lo dije; si no merezco perdón, dame castigo, que lo sufriré gustoso con saber que por ti muero.»

¿Quién podrá ponderar el enojo y turbación de la reina, habiendo leído el atrevido papel? No hay más que decir sino que la turbación sacó a hilos las perlas de sus ojos, y con el enojo, hizo el papel menudos pedazos, que no fue pequeño desacierto para lo que después la sucedió.

Entre sí pensaba qué haría, sin saber determinarse a nada; pues si le mandaba matar, no se aseguraba de la ira de su esposo ni de sus vasallos, pues aún no tenía Hungría otro heredero; y si le daba al rey cuenta del caso, y más habiendo roto el papel, no aseguraba su inocencia; pues no pensando en ella más liviandad que haber hallado en la misma motivo para el atrevimiento de Federico, bastaba para quedar su honor en opinión, pues era dificultoso de creer que contra su mismo hermano pudiese haber intentado tal traición; demás que podía Federico fácilmente culparla por disculparse, y ya la pesaba de no haber guardado el atrevido memorial, aunque se satisfacía de haber vengado en él su ira; y entre todos estos pensamientos se resolvió a lo mismo que antes, que era disimular, y que mientras Federico no se atreviese a más, dejarlo así, pidiendo a Dios la amparase y defendiese de él; y como no podía retirarse de su vista, siendo fuerza, como lo había ordenado el rey para los despachos y negocios, verle cada día, ordenó a la aya que la había criado, y había venido de Inglaterra asistiéndola, que ni de día ni de noche se apartase de ella.

Mandó que durmiese en su misma cámara, haciendo poner en las puertas de ella y en las demás cuadras por la parte de adentro fuertes cerrojos, por si Federico se quisiese aprovechar de la fuerza, como había propuesto en el caso que le había contado; y con esto, juzgando estar segura, pasó como antes, aunque con menos gusto, tanto que bien mostraba en la severidad de su rostro lo mal contenta que estaba con él.