Tretas fueron estas que al punto las conoció el traidor cuñado, mas no fue nada parte para que desistiese de su amorosa porfía; antes muy contento de que ya que no hubiese granjeado más de que la reina supiese que la amaba, le parecía que antes había ganado que perdido, y ya se atrevía cuando la veía a decirla sentimientos de amor, ya a vestir de sus colores, y ya a darla músicas en el terrero, con lo cual la virtuosa reina andaba tan desabrida y triste que en ninguna cosa hallaba alivio, y solo le tuviera en la venida del rey; mas esta se dilataba, porque los casos de la guerra son buenos de empezar y malos de acabar.
Pues sucedió que estando una tarde con sus damas en el jardín de palacio, tan melancólica como se ha dicho, aquellas por alegrarla o divertirla mandaron venir los músicos, a quienes Federico tenía prevenidos de unas endechas al propósito de su amor, para que si fuesen llamados en alguna ocasión las cantasen, dándoles a entender que eran dirigidos a una dama de palacio a quien amaba, que como entraron y hallaron la ocasión, cantaron así:
¡Que gustes que mis ojos,
Ídolo de mi pecho,
Estén por tus crueldades
Copiosas fuentes hechos!
¡Que no te dé cuidado
Ver que llorando peno,
Sin que al sueño conozca
Cuando tú estás durmiendo!