Y dejándosela así, arrodillada, se desapareció, quedando la santa reina tan enternecida de que se hubiese partido de ella que no acertaba a levantarse ni quitar la boca del lugar adonde había tenido sus gloriosos pies; y así estuvo un buen espacio hasta que, viendo ser justo obedecer lo que le había mandado, se levantó y empezó a caminar.
Como fuese entrando por el reino de Hungría, era cosa maravillosa de ver la gente que sanaba, así de un sexo como del otro, tanto que a pocos días volaba su fama por todo el reino, llamándole el médico milagroso, hasta que llegó a la misma ciudad donde residía la corte, la cual halló en más aprieto que las demás que había andado, tanto porque como allí había más gente y el mal estaba apoderado de los más, cuanto porque estaba herido de él el príncipe Federico, en tanto grado que no se tenían esperanzas de su vida, por no aprovecharle los remedios que los médicos le hacían; y como no había otro heredero, el rey y el reino estaban muy penados.
Empezó Beatriz a hacer sus milagrosas curas, sanando a tantos con ellas que apenas la dejaban hora para dar algún reposo a su cuerpo, y junto con esto, a no hablarse de otra cosa sino del médico milagroso, unos creyendo ser algún santo, y otros teniéndole por ángel; de suerte que llegaron las nuevas al rey, a quien afirmando todos los que lo sabían que sanaba a tantos, deseoso de la vida de su amado hermano, envió por él, y venido, le prometió grandes mercedes si le daba salud.
—Vamos adonde está, respondió Beatriz, que como el príncipe haga lo que los demás hacen, sanará sin duda.
Oído esto por el rey, la tomó por la mano y la entró adonde estaba Federico en el lecho, tan malo y debilitado que parecía que apenas duraría dos días. Tenía a la cabecera a su mágico doctor y amigo, que de día ni de noche se apartaba de él, y si bien había ya hecho las prevenciones que todo cristiano debe hacer para partir de esta vida, habían sido tan falsas como quien había prometido a su doctor no decir, ni aun al confesor, el secreto que los dos sabían.
Pues viéndole el rey tan fatigado, le dijo:
—Ánimo, amado hermano mío, que aquí tienes el milagroso médico que te dará con el favor de Dios la vida, como la ha dado a cuantos en todo el reino padecían de este mal.
Alentose Federico, y poniendo en Beatriz los ojos, le dijo:
—Haz tu oficio, doctor, que si me sanas, prometo hacerte el mayor señor de Hungría.
—Hemos menester —dijo a esta sazón el mágico— saber en qué virtud curas, si es por ciencia, o por yerbas, o palabras.