Pues de mí digo que, con no ser comprendida en estas leyes, porque ni engaño ni me pongo en ocasión que me engañen, ni he menester los desengaños, me afrento, de manera que quisiera ser poderosa de todas maneras para apartaros de tal vicio y para defenderos de tales desdichas.
¡Y que nada os obligue a vosotras para libraros de ellas! Pues mirad cómo esta reina que, pues merecía tener el favor de la Madre de Dios, buena era; pues si siendo buena tuvo necesidad de que la Madre de Dios la defendiese de un hombre, vosotras, en guerra de tantos y sin su favor, ¿cómo os pensáis defender?
Volved, volved por vosotras mismas, y ya que no estimáis la vida, pues a cada paso la ponéis en riesgos, estimad el honor, que no sé qué mujer duerme sosegada en su cama, sabiendo que en los corrillos están diciendo mal de ella los mismos que debían encubrir su falta, habiendo sido instrumento de que cayese en ella; que en las pasadas edades más estimación se hacía de las mujeres, porque estas la tenían de sí mismas, y entonces, como les costaban más, las aplaudían más, y los poetas las alababan en sus versos y no las ultrajaban como ahora, que no se tiene por buen toreador el que no hinca un rejón.
Ahora volvamos a Beatriz, que la dejamos elevada y absorta en aquella divina vista, que en lo demás yo pienso que me canso en balde, porque ni las mujeres dejarán de dar ocasión para ser deshonradas ni los hombres se excusarán de tomarla; porque a las mujeres les huele mal el honor y a los hombres el decir de ellas bien, y así anda todo de pie quebrado: es la gracia que tienen todos, y todos los tejados de vidrio, y sin temer las pedradas que darán en el suyo, están tirando piedras a los demás, y de lo que más me admiro es del ánimo de las mujeres de esta edad, que sin tener el favor y amparo de la Madre de Dios, se atreven a fiarse del corazón de los hombres, bosques de espesura, que así los llamó el rey don Alonso el sabio en lo verdadero, y el dios Momo en lo fabuloso, donde no hay sino leones de crueldades, lobos de engaños, osos de malicias y serpientes de iras, que siempre las están despedazando el honor y las vidas, hartando su hambre y sed rabiosa en sus delicadas carnes, que bien delicada es la vida y bien débil el honor, y con ver salir a las otras despedazadas, se entran ellas sin ningún miedo en ellas.
Pues, como digo, estaba Beatriz arrodillada y tan fuera de sí, mirando aquella divina señora, de quien tan regalada se hallaba que se estuviera así hasta el fin del mundo, si la santísima Virgen no le dijera:
—Vuelve en ti, amiga Beatriz, que es ya tiempo que salgas de aquí y vayas a volver por tu honor, que aunque padeces sin culpa, eso y tu paciencia es bastante para darte el premio de tus trabajos: quiere mi Hijo que sus esposas tengan buena fama; y por eso a muchas a quien el mundo se la ha quitado, aun después de la última jornada de él, permite que con averiguaciones bastantes, como las que se hacen en su canonización, se la vuelva el mismo que se la ha quitado; mas de ti quiere que tú la restaures y quites a tu mismo enemigo el peligro que tiene de condenarse; y a tu esposo y padres, juntos con los dos reyes de Inglaterra y Hungría, la mala opinión en que te tienen. Toma este vestido de varón y póntele, dejando ahí los dos que te han servido en tus penas e inquietudes, y estas yerbas.
Diciendo esto, le dio el vestido y una cestilla de unas yerbas tan frescas y olorosas que bien parecía que las traía aquella que es vergel cerrado y oloroso; y prosiguió diciendo:
—Estas no se te marchitarán jamás, sino que siempre las hallarás como te las doy: vete a Hungría, donde por voluntad y permisión de mi Hijo todos padecen de una cruel peste que ha dado tal, que no vale la diligencia de los médicos humanos para reservar a los tocados de ella de la muerte; solo a ti, por medio de estas yerbas, es otorgado el poder; mas ha de ser de este modo: que el herido de este mal que quisiere ser sano se ha de confesar de todos sus pecados, sin reservar ninguno, por feo que sea, delante de ti y otra persona que tú señalares; y hecho esto, habiendo sacado el zumo de esta yerba, le darás a beber una sola gota, con que al punto quedará sano; mas advierte, y así lo hagas tú a los que curares, que en dejando de confesar algún pecado, o por vergüenza o malicia, al punto que beba el salutífero y suave licor, le será riguroso veneno que le acabará la vida con gran peligro de su alma.
Levantose Beatriz, oído esto, y quitándose el saco de jerga se puso el vestido, y llevando el arreo que se quitaba a la cueva, le puso en el lugar que le había hallado; y despidiéndose de aquella morada con tierno sentimiento, tomó su cestilla acompañada de su gloriosa defensora, quien tomándola por la mano la sacó de entre las peñas y la puso en el camino, enseñándola por dónde había de ir, y abrazándola y dándola su bendición, y ella arrodillada, con muchas lágrimas por apartarse de aquella celestial señora, la besó los pies con tal sentimiento que no se quisiera quitar jamás de ellos, pidiéndola que siempre la amparase; y la santísima Virgen, ya que se quería partir, la dijo:
—Anda, hija, con la bendición de Dios y mía, y sanarás a todos los que hicieren lo que he dicho, en el nombre de Jesús, mi amado Hijo.