A cuya voz, abriendo los soñolientos ojos, vio junto a sí a su querida y amada defensora, y levantándose despavorida y alegre, se arrodilló delante de ella, diciendo con lágrimas de alegría:
—¡Ay, señora mía, y qué largo tiempo ha que no os veo! ¿Cómo os habéis olvidado de mí, como quien tanto sabe las ansias que por veros he tenido? Decidme: ¿cómo no me habéis venido a ver? Que a saber yo dónde os pudiera hallar, no me hubiera detenido en buscaros.
—Yo —respondió la señora— nunca me olvido de quien verdaderamente me ama, que aunque tú no me has visto, yo te he visto a ti; mas como hasta ahora no has necesitado de mi favor, no he venido a que me veas; y porque ya es tiempo que los deseos que tienes de saber quién soy se cumplan, antes de decirte a lo que vengo, quiero que me conozcas y sepas que soy la Madre de Dios.
En diciendo esto, como ya era la voluntad de Dios y la suya que la conociera, al punto, en el diáfano manto azul, que aunque de este color, más era sol que manto, en los contornos de la plateada luna, en la corona de estrellas, en el clarísimo resplandor de su divino y sagrado rostro, en los angélicos espíritus que la cercaban, conoció Beatriz a aquella soberana reina de los ángeles, Madre de Dios y Señora nuestra, y puestos los ojos en ella, así como estaba de hinojos, se quedó inmóvil y elevada gran rato, absorta en tan gloriosa vista.
Goce Beatriz este favor tan deseado mientras que yo pondero este misterioso suceso, y digo que es gran prueba de nuestra razón la que sucedió a esta hermosa y perseguida reina, que para defenderse de la lasciva crueldad de un hombre, no le bastase su santidad y su honestidad, con todas las demás virtudes de que se cuenta era dotada, ni con su divino y claro entendimiento disimular y celar el amor de que tantas veces y en tan varias ocasiones se había dado por desentendida, ni el excusarse de que hallase en ella más cariño ni agrado cuando le escribió el papel, ni tenerle el tiempo que estuvo en la jaula de hierro; nada bastó contra la soberbia e ira de este hombre, sino que fue menester todo el favor y amparo de la madre de Dios.
¡Ah, hermosas damas, si consideráis esto, y qué desengaño para vuestros engaños! El poder de la madre de Dios es menester para librar a Beatriz de un hombre, resistiéndose, apartándose, disimulando, prendiendo, y tras todo esto no se puede librar de él si la Madre de Dios no le libra. ¿Qué esperáis vosotras, que los amáis, que los buscáis, que los creéis, y os queréis engañar?
Porque lo cierto es que si fuéramos por un camino y viéramos que cuantos han caminado por él han caído en un hoyo que tiene en medio, y viendo caer a los demás, nosotras fuésemos a dar en él de ojos, sin escarmentar de ver caer a otros, ¿qué disculpa podríamos dar, sino que por nuestro gusto vamos a despeñarnos en él?
Veis la parienta burlada, la amiga perdida, la señora deshonrada, la plebeya abatida, la mujer muerta a manos del marido, la hija por el padre, la hermana por el hermano, la dama por el galán; y finalmente veis que el día de hoy el mayor honor y la mayor hazaña de que se precian los hombres es de burlaros, y luego publicarlo y decir mal de vosotras, sin reservar ninguna, sino que en común hacen de todas una ensalada, ¿y no tomaréis ejemplo las unas de las otras?
¿Para qué os quejáis de los hombres, pues, conociéndolos, os dejáis engañar de ellos, fiándoos de cuatro palabras cariñosas? ¿No veis que son píldoras doradas? ¿No consideráis que a las otras que burlaron dijeron lo mismo, que es un lenguaje estudiado con que os están vendiendo, un arancel que todos observan; y apenas os pierden de vista, cuando, aunque sea a una fregatriz, la dicen otro tanto?
Y lo que más habíades de sentir es cuando, juntos en corrillo, dicen que os hallan tan a la mano que vosotras mismas los rogáis, y que hallan mujeres a cuarto de castañas, o a este papel de a cuarto. ¿No os afrentáis de esto? ¿No os caéis muertas de sentimiento?