—No maten a Florinda, que no me mató Florinda; antes por Florinda tengo vida; tráiganme a Florinda, vayan presto, no la maten, que está inocente, que no me mató, sino un traidor por hacerla mal a ella.
Nuevas admiraciones causaron estas nuevas, y viendo que no parecía, ni por más vueltas que dieron por el campo la hallaban, volvieron a dar cuenta al emperador de todo, y fue tanto y tan grande su sentimiento de que no pareciese como si la hubieran muerto; y más viendo que el niño lloraba tanto por ella y decía que sin Florinda no quería vivir.
Ida la gente, quedaron solos Federico y el doctor, a quien dijo el príncipe:
—¿Qué me dices de tales sucesos como estos, doctor amigo?
—Qué quieres que te diga, sino que tengo agotado el entendimiento, deshecha y deslucida la sabiduría viendo lo que pasa; y que a mí, que no se me encubre cuanto sucede en el mundo, y aun lo que en las profundas cavernas del infierno hay lo miro y juzgo como si estuviera en cada parte; no puedo alcanzar este secreto, ni en qué virtud se libra esta mujer de tantos peligros como la ocasionamos tú y yo, y no sé, aunque más lo procuro, si en virtud de Dios o de algún demonio se hace esto.
Mirándola estaba cuando se desapareció, y no vi más de que la encubrieron, sin saber quién, ni por ahora alcanzo dónde está; solo sé que la hemos de volver a ver, mas entonces será con gran riesgo de los dos, y así es menester que de nuevo tornemos tú y yo a prometernos el no apartarnos uno del otro en ningún tiempo ni ocasión; porque unidas nuestras fuerzas no la basten las suyas contra nosotros, y ahora demos la vuelta a Hungría por aliviar la pena que tu hermano y todo el reino tiene por ti, y allí obraré con más fuerza y sosiego de mis encantos, para ver si podremos obrar contra ella antes que lo ejecute contra nosotros; y en caso que no se pueda hacer, será lo más acertado quitar a tu hermano la vida con alguna confección que le demos, que siendo tú rey, poco podrá contra ti.
Pareciole bien a Federico el consejo del doctor, y dándole de nuevo palabra de no apartarle de sí en ningún tiempo, ni de noche ni de día, se fueron donde habían dejado los criados, y de allí a Hungría, donde hallaron al rey bien penado por no saber nuevas de su amado hermano, y todo el reino muy triste, no sabiendo de su príncipe; y por su venida hicieron grandes fiestas; pues como el rey no se quería casar, tenían todos puestos en él los ojos; y aunque le conocían mal inclinado, era, en fin, hijo de su rey y hermano del que tenían.
Ocho años estuvo Beatriz en la cueva, sin que el mal doctor pudiese en todos ellos descubrir dónde estaba, y ella tan contenta en aquella morada, gozando tan quieta y pacífica vida que ya no se acordaba de reino ni de esposo, sin que persona humana viese sus ojos en todo este tiempo. Toda su compañía eran simples conejuelos y medrosos gamos con tiernas cervatillas, que estaban tan hallados con ella que se le venían a las manos como si fueran mansos cachorrillos, gozando de la alegre música de las aves, con quienes se deleitaba y entretenía.
Solo sentía mucha pena de no haber visto en todos estos años a su amada amiga y defensora, aquella hermosa señora a quien tanto debía, y casi amara el verse en peligro por volver a gozar de su vista; cuando una mañana, al empezar a reír el alba, estando durmiendo, se oyó llamar de la misma suerte que cuando estaba sin ojos entre las peñas, diciéndole:
—Dios te salve, Beatriz amiga.