Y desatándola las manos, tomándola por una de ellas, por entre toda la gente, paso a paso, la sacó de entre todos, hallándose Beatriz a este tiempo con los mismos vestidos que salió de su casa y se le habían quedado en el palacio del emperador, y llevola muy distante de allí, poniéndola entre unas peñas muy encubiertas, a la boca de una cueva, en donde había una cristalina y pequeña fuentecilla, y del otro lado una verde y fructuosa palma cargada de los racimos de su sabroso fruto; y como llegó allí la dijo la hermosa señora:
—Entra, Beatriz, dentro de esa cueva, que esta ha de ser tu morada hasta que sea tiempo; en ella hallarás lo que has menester, que quiere Dios que por ahora no comuniques con más gente que con las voladoras aves, simples conejuelos y sueltos gamos, donde te hallarás mejor que con los hombres: vive en paz, ama la virtud y encomiéndate a Dios, y acuérdate de mí, que soy la que te ha sacado del aprieto en que te has visto.
—¡Ay, señora! —dijo Beatriz arrodillándose a sus pies—: no os vayáis sin decirme quién sois, para que sepa a quién tengo de agradecer tantas mercedes, que olvidarme de vos es imposible.
—Aún no es tiempo que lo sepas.
Y diciendo esto se fue con notable ligereza, dejando a Beatriz absorta, siguiendo con los ojos sus pasos, y con el sentimiento que todas las veces que se apartaba de ella quedaba; y cuando la perdió de vista se levantó y entró en la cueva, la cual no tenía de hueco más de algunos veinte pasos, y toda labrada en la misma peña.
A un lado de ella estaba una cruz grande, formada de dos maderos con mucho primor y curiosidad, y del clavo de los pies y de los que tenía en los brazos estaba colgado un rosario y unas disciplinas, y al pie un pequeño lío en que estaba un hábito de jerga, con su cuerda, y una toca de lino crudo, y sobre el lío unas Horas de Nuestra Señora y otras oraciones en romance, un libro grande de vidas de santos, y, enfrente, unas pajas donde podía caber su cuerpo, que a lo que la santa reina juzgó, parecía haber sido morada de algún penitente, que había trocado esta vida, llena de penalidades, con la eterna; la cual viendo esto, desnudándose el vestido, haciéndole un lío, le puso a un lado de la cueva, y vistiéndose el grosero saco, ciñéndose la cuerda y cubriendo el dorado cabello con la cruda toca, se sintió tan gozosa como si estuviera en el palacio de su padre o esposo, no echando menos, con el alimento que en la verde palma y clara fuentecilla halló, los regalados manjares de la casa del duque ni palacio del emperador.
Dejémosla aquí, comunicando a todas horas con Dios, a quien daba muchas gracias, junto con su santa Madre, de haberla sacado de entre los tráfagos y engaños del mundo, pidiéndoles que antes que se muriese supiese quién era aquella hermosa y piadosa señora que la había librado tantas veces de la muerte y traídola a tan sosegada vida, pasando esta unos ratos orando y otros leyendo. Volvamos al lugar del suplicio y a la corte del emperador, que no hay poco que decir de ellos.
Acabose de levantar el cadalso, que porque fuese más bien vista su muerte se mandó hacer muy elevado; y queriendo, para ejecutar la justicia, llevar a él a Florinda, que así la llamaban todos, como a un tiempo fue el ir por ella y llevársela su defensora, y vieron que delante de sus mismos ojos faltaba, quedaron los engañados ministros tan asombrados como cuando el caminante, que en noche muy oscura siguiendo su viaje, de repente se le ofrece a la vista un repentino relámpago que, dejándole deslumbrado, no sabe lo que le ha sucedido: así quedaron los que, al tiempo de asir de Florinda, se hallaron sin ella, mirando a una parte y a otra por ver por dónde se había ido; no quedando menos admirados que los demás Federico y el doctor, no pudiendo imaginar dónde se hubiese ido: unos decían: «Aquí estaba ahora»; otros: «Mirándola sin apartar los ojos de ella, se me ha desaparecido de ellos». Estos le llamaban «milagro», y aquellos «encantamiento»: solo el doctor, que era el que más espantado estaba de que a su saber se le encubriese, dijo a Federico:
—¡Qué nos cansamos! mientras esta sombra se la hiciere a esta mujer, no hemos de tener poder contra ella.
Pues estando de esta suerte, sin saber qué hacerse ni qué disculpa darían al emperador, vieron venir a todo el galope de un caballo un caballero de palacio, dando voces que si no estaba ejecutada la justicia, se suspendiese y diesen vuelta con Florinda a palacio, que así lo mandaba el emperador: que como llegó le dijo al gobernador lo mismo, y cómo, al tiempo de llevar a sepultar al príncipe con general sentimiento de todos, había resucitado levantándose sano y bueno, diciendo a voces: