—Ahora, alevosa reina, con una muerte me pagarás tantas como por ti he dado.

Mas no fue posible poder mandar el brazo: con lo que satisfecho de la verdad que su doctor le trataba, la volvió contra el inocente príncipe, y dándole tres o cuatro puñaladas le dejó dormido en el eterno sueño; y luego, poniendo en la mano de Beatriz la daga bañada en la inocente sangre, se volvió a salir adonde esperaba el doctor y juntos se fueron al campo inmediato a las cabañas de los pastores donde Beatriz estaba cuando la halló el emperador, porque allí le dijo el doctor se había de ejecutar la justicia de Beatriz, para verla por sus ojos y quedar seguros de ella.

Llegó la mañana bien triste y desdichada para el emperador y todo el imperio de Alemania; pues como las criadas que asistían a Beatriz y al príncipe vieron ser hora, entraron a la cámara y hallaron el cruel y lastimoso espectáculo, y dando gritos, fueron donde estaban el emperador y emperatriz diciendo:

—Venid, señores, y veréis la tragedia de vuestro palacio e imperio, pues la traidora Florinda —que así había dicho se llamaba— os ha muerto a vuestro amado hijo.

Los ansiosos padres, con tales nuevas traspasados, fueron a ver lo que aquellas mujeres les decían; y así como se ofreció a sus ojos tal lástima y dolor, empezaron como gente sin juicio a dar voces, mesando la emperatriz sus cabellos y el emperador sus barbas, a cuyas voces despertó Beatriz despavorida, que hasta entonces le había durado el diabólico sueño; y no hay duda que, si antes hubiera despertado, con la misma daga que tenía en la mano se hubiera quitado la vida; quien como se vio bañada en sangre y al niño muerto, y que ella, con la daga que tenía en la mano, daba muestras de ser la agresora de tal delito, no hizo más de alzar al cielo los ojos, bañados de tiernas y lastimosas lágrimas, y decir:

—¡Ya, Señor, veo que de esta vez es llegado el fin de mi desdichada y perseguida vida! Y pues conozco que esta es tu voluntad, también es la mía: yo moriré contenta de que no la debo y de que aquí tendrán fin mis persecuciones, y con una muerte excuso tantas como cada día padezco; y así, mi desengaño sea mi silencio, porque deseo morir sin contradecir a lo que dispones.

A este tiempo ya el emperador, ciego de ira, había mandado llamar al gobernador, que venido, mandó que tomasen a aquella mujer, así desnuda como estaba, y la llevasen a la misma parte donde la habían hallado, y allí la cortasen la cabeza, y que ella y la mano se pusiesen en el mismo camino, con letras que dijesen su delito; y dando orden que se enterrase el príncipe, él y la emperatriz se retiraron a llorar la muerte del amado hijo.

Sacaron a la hermosa reina, así desnuda como estaba, del palacio, y por llegar más presto (como hasta la parte dicha había media legua), la entraron en un coche, y también porque no la mirasen los ciudadanos, que dando voces andaban como locos lamentando la muerte de su príncipe, antes de ejecutar la justicia; y como la vana ostentación del mundo hasta en los cuerpos sin alma se guarda, no pudo ser el entierro del niño tan presto que primero no llegasen con la hermosa señora al lugar del suplicio: luego que estuvieron en él, sacándola del coche, atadas las manos, la pusieron en mitad de aquel campo, en medio de un armado escuadrón, para que todos los que la seguían la viesen mientras se levantaba un alto cadalso, donde se había de ejecutar la justicia, que muchos oficiales armaban a gran prisa.

Estaba la inocente y mansa corderilla cercada de carniceros lobos, con ojos llorosos mirando con la prisa que se disponía su muerte: llamaba muy de veras a Dios, ofreciéndole aquel y los demás martirios que había padecido; y el traidor Federico y su compañero, entre la gente, mirando lo que tanto deseaban, cuando bajando Beatriz los ojos del cielo, donde los tenía puestos, y extendiendo la vista por el campo, vio venir rompiendo por el tumulto de la gente a largo paso a su defensora y amiga, aquella hermosa señora que la había dado su favor en tantos peligros como se había visto, quien como llegó la dijo:

—En estas ocasiones, Beatriz, se conocen las verdaderas amigas.