Pues dejarla que viva es peligroso para nosotros, que tarde o temprano se ha de venir a descubrir, y corremos el mismo riesgo; lo más acertado es procurar que muera por ajenas manos; y el cómo ha de ser en esta forma: yo te pondré dentro del palacio del emperador y en la misma cámara donde duerme con el niño príncipe: cuando ya el sueño los tenga a todos rendidos (que entrar yo es imposible, por esta sombra que digo que la defiende), pondrasla debajo de la almohada una yerba que yo te daré, que provoca a un sueño tan profundo que, mientras no la despertaren, dormirá seis días: y como esté así, mátale el niño y luego ponle la daga en la mano para que, viéndola de este modo, juzguen que ella le ha muerto, que con esto acabaremos con ella; pues claro es que la han de mandar degollar en venganza de la muerte del príncipe, con que quedaremos libres; y si esto no se hace, no hay que aguardar otra cosa: mira si te parece a propósito y si te determinas a ello, y si no, sigue tu parecer y gusto, que yo me quiero volver a mi morada, porque estoy dudoso si me guardarás el secreto prometido, de que se me seguirá mucha pérdida, cuando no sea en mi vida, en mi saber, que en él está la fuerza de mis artes; y quiero, si lo hicieres, estar lejos del peligro; porque el día que (aunque sea confesándote) lo descubrieres, ese día moriremos tú y yo, y no es la vida tan poco amable que se desee perder; y sería, sobre haberte bien servido, llevar mal galardón.

—¿Cómo irte a tu morada? —respondió Federico, abrazando al doctor—: mientras yo viva no consentiré tal; y para que con más seguridad estés, dame la mano y palabra de que de día ni de noche te has de apartar de mi lado, que yo te la doy de lo mismo; y en cuanto al secreto, te vuelvo a prometer, como hijo de rey y príncipe que soy (y rey que espero ser), de guardártelo de modo que, aunque me confiese, no confesaré lo que entre los dos pasa, ha pasado y pasará; y antes dejaré de confesarme porque pierdas el temor.

—No confesarte —dijo el doctor— fuera causar mucho escándalo, que al fin eres cristiano y lo has de hacer, aunque no sea sino por cumplir con el mundo: calla lo que importa, y di lo demás, que más de dos hay que lo hacen de este modo.

—Así será —dijo Federico—, y vamos luego a matar ese niño para que muera esta enemiga, ya que no puede mi acero ejecutar en ella la rabia de mi pecho.

Con esto dando orden a los criados los aguardasen allí, sin que por accidente alguno se apartasen de aquel lugar hasta que ellos volviesen, se salieron paseando por el campo, y aquella misma noche puso el doctor a Federico dentro del palacio del emperador, y aguardando a que todos se sosegasen, ya cuando fue tiempo le llevó a la puerta de la cámara donde Beatriz con el niño dormía, descuidada de esta maldad; y dándole la yerba que queda dicho, le dijo:

—Entra, príncipe, que aquí te aguardo, y advierte que en lo que vas a hacer no te va menos que la vida: no te ciegue ni engañe la hermosura, ni el amor de esta tirana, que si te cogiera a ti como tú la tienes a ella, yo te aseguro que no te reservara.

—Déjame ese cargo —respondió Federico, maravillado del gran saber del doctor—, que cuando no fuera por lo que me va a mí en ello, solo por tu gusto, aun a mi hermano no perdonara la vida; y si no dime que se la quite, y verás con obedecerte lo que te estimo.

—Así lo creo —dijo el doctor—, eso será para después, que deseo tanto verte rey que pienso que no hemos de aguardar a que el curso de los años se la quite: y no te espantes de que tema a un hombre enamorado en presencia de una mujer hermosa, que es un hechizo la hermosura que a todos mueve a piedad; y porque sé tanto, alcanzo que por amor se perdonan muchos agravios.

Con esto Federico entró, y el doctor se quedó aguardando fuera, que como llegó junto a la cama vio dos ángeles; humanémoslo más: vio a Venus y a Cupido dormidos, porque en la cuadra había grande luz.

Era la crueldad de este hombre mucha, pues no le ablandó tan hermosa vista; mas no hay que espantar, que estaba ya el rigor apoderado de él: púsola la yerba debajo de la almohada, y quiso hacer experiencia del saber del doctor, su amigo, y sacando la daga fue a herir a Beatriz en medio del blanco pecho, diciendo: