Como la carroza en que venían el emperador, la emperatriz y su hijo llegase cerca, y entre la gente rústica viesen aquella dama tan hermosa y bien aderezada, y con vestido de tanta riqueza, extrañando la novedad y el traje, que bien conocieron ser húngaro, mandando parar la carroza, enviaron con un criado a llamarla; que sabido por Beatriz, se llegó y con una cortés reverencia (como ella bien sabía se habían de tratar tan reales personas) los saludó, a la cual el emperador correspondió con otra no menos cortés reverencia, contemplando en su rostro la majestad que en sí encerraba; y con alegre y afable semblante la preguntó que de dónde era, y qué hacía entre aquella gente.

—Poderoso señor —respondió Beatriz—, yo soy de tierras muy extrañas de esta, aunque he asistido algún tiempo en Hungría; sacáronme de mi patria y casa por un engaño, y después de haberme conducido a unos montes, que allá detrás quedan, queriéndome matar en ellos, el cielo, que sabe para qué me guarda, me libró de las crueles manos de mis enemigos y, hurtándome de ellos, llegué anoche a estas cabañas donde esta piadosa gente me amparó: esto es lo que puedo decir a vuestra majestad; lo restante es más para sentido que para contado.

Mirándola estaban el emperador y la emperatriz mientras ella hablaba, maravillados de su gracia y belleza, cuando sucedió una maravilla bien grande, y fue que el niño que junto a su padre estaba, acercándose al estribo de la carroza, como Beatriz estaba tan junto, que tenía las manos puestas en él, la echó los brazos al cuello, y juntando su rostro con el suyo, la empezó a besar con tan grande amor como si toda su vida se hubiera criado en su compañía; lo que visto por Beatriz, le sacó de la carroza, y apretándole entre sus brazos, le pagó en amoroso cariño lo que el príncipe había hecho con ella.

Admirados todos de lo que el niño hacía con aquella dama, juzgando a prerrogativa de la hermosura agradarse todos de quien la posee, dejando a más de cuatro el niño envidiosos de los favores que gozaba, queriendo restituírsele a sus padres, no fue posible, porque daba gritos, llorando por volverse con ella, sin bastar los halagos de su madre, ni el reñirle el emperador, pues era tan grande el sentimiento que el príncipe hacía y tan tiernas y lastimosas las lágrimas que derramaba que los padres, como no tenían otro, compadecidos de él, rogaron a Beatriz entrase en el coche, diciéndola que supuesto que no tenía parte segura donde ampararse de los que la perseguían, que dónde mejor podría hacerlo que en su palacio, donde el príncipe su hijo la serviría de guardia, pues los que le guardaban a él la velarían a ella.

No le pareció a Beatriz ser acaso este suceso, sino encaminado por Dios y su guardadora; y así, besando la mano al emperador y emperatriz y despidiéndose de los pastores, prometiéndoles satisfacerles el bien que de ellos había recibido en albergarla aquella noche, se fue con el emperador, tan contentos él y la emperatriz de llevarla que, si hubieran ganado un reino, no fueran más gozosos: a tanto obligaba el sereno, honesto, y hermoso rostro de Beatriz, que cuantos la miraban se le aficionaban.

Las alegrías que el niño mostraba admiraban a todos, pues no hacía sino apartar su cara de la de Beatriz y mirarla, y luego, riéndose, volver a juntarse con ella, quedando desde este día a su cargo la crianza del príncipe, porque no había que intentar apartarle de ella: con ella comía y dormía, y en tratando de dividirle de su compañía, lloraba y hacía tales ansias que temían su muerte. Queríanla tanto por esto los emperadores que no es posible ponderarlo; y ella amaba al príncipe más que si fuera su hijo.

En fin, la dejaremos en esta paz y quietud tan amada, respetada y servida como si estuviera en el reino de Hungría; y vamos a Federico y su doctor, que ya sano de sus heridas y tan enojado contra la reina, por parecerle que por artes mágicas le había puesto en tal peligro que si la tuviera en su poder (como cuando la tuvo en la fuente), no aguardara a gozarla, como entonces intentó, sino que la diera la muerte, bien pesaroso de no haberlo hecho entonces.

Preguntó un día a su doctor qué le parecía de tales sucesos.

—¿Qué quieres, príncipe, que me parezca —respondió el doctor—, sino que tú y yo tenemos suerte enemiga? Porque no puedo, por más que lo procuro, alcanzar qué deidad defiende a esta mujer, contra quien no valen nada mis artes y astucias. Solo alcanzo que si dentro de un año no muere, nos hemos de ver tú y yo en la mayor afrenta que hombres en el mundo se hayan visto; y no puedo entender sino que es grandísima hechicera y maga; porque aunque he procurado saber después que estamos aquí dónde o quién la ha escondido, no lo he podido alcanzar hasta hoy, que me ha dicho un familiar mío que está en el palacio del emperador de Alemania, muy querida y estimada de todos, porque un niño de seis años, hijo del emperador, la quiere más que a su madre, a cuya causa los padres la aman ternísimamente; y lo que se ha de temer es no descubra al emperador quién es y lo que la ha pasado contigo; y descubierto, no hay duda que dará cuenta al rey tu hermano, el cual desengañado y sabida la verdad, tú morirás, y yo no quedaré libre por haberte ayudado.

Dirás cómo, sabiendo tanto, no acabo con ella. A eso te respondo que contra esta mujer ni tu acero puede cortar, ni mis artes tienen fuerza, por una sombra que la ampara, que no puedo alcanzar quién se la hace, ni mis familiares tampoco; porque hay cosas que hasta a los demonios las oculta Dios por sus secretos juicios; y es tan grande el amparo que tiene, que aunque ahora quisiera llegar a ella (como llegué cuando en casa del duque la puse en las mangas las cartas con que la saqué de allí y la puse en tu poder), no fuera posible: y esto es desde el día que en la fuente te la sacaron de las manos, y en su lugar dejaron el león que te ha tenido en el estado en que te has visto.