Apenas acabó el blasfemo Federico de decir esto, cuando de entre los árboles salió la hermosa señora que en las pasadas angustias la había socorrido, que a paso tirado venía caminando hacia ellos, que como llegó, sin hablar palabra, asió de la mano a Beatriz, y tirando de ella la sacó de entre los brazos del lascivo príncipe y se la llevó, quedando Federico abrazado, en lugar de la hermosa presa que se le iba, con un fiero y espantoso león, que con sus uñas y dientes le hería y maltrataba; y viéndose así, empezó a dar tristes y lastimosas voces, a las cuales acudieron el doctor y criados, que, viéndole en tal estado, sacaron las espadas, de las cuales el león temeroso le soltó, entrando por lo más espeso de la alameda; porque no era tiempo de que la vida de Federico ni los trabajos de Beatriz tuviesen fin.
Quedó Federico tendido en el suelo y mal herido, tanto que a los criados y al doctor les fue forzoso llevarle al primer lugar, donde se estuvo curando muchos días de sus heridas, no pudiendo alcanzar, ni Federico con su entendimiento, ni el doctor con sus artes, cómo había sido aquella transformación, ni adónde se había ido Beatriz, que eso estaba por entonces reservado a quien la llevaba; la cual, con la hermosa señora que la llevó, se halló libre de la fuerza que esperaba recibir.
Daba muchas gracias a su verdadera amiga y defensora de su vida y honor, y ella la animaba y regalaba con amorosas caricias, caminando todo aquel día hasta poco antes de anochecer (a lo que a Beatriz la parecía) fuera de camino; porque unas veces creía que iban hacia adelante y otras que daban vuelta y volvían a caminar lo ya andado, cuando llegaron a unas cabañas de pastores donde la dejó su guía diciéndola:
—Quédate aquí, Beatriz, donde hallarás lo que por ahora has menester.
Y sin aguardar, ni dar lugar a que la respondiese, ni la diese agradecimientos del bien que la hacía, la vio ir por el campo con ligerísima velocidad, dejándola tan desconsolada en su ausencia como la vez primera; porque cuanta alegría recibía su corazón mientras la tenía junto a sí, sentía de pena cuando se apartaba.
En fin, viendo que ya se había encubierto, se llegó a las cabañas donde halló cantidad de pastores y pastoras que tenían, sobre unas pellejas de reses muertas, tendidos unos blancos aunque toscos manteles, y todos sentados alrededor, querían cenar una olla, que estaba sacando una de las pastoras, de tasajos cecinados, los que así como vieron aquella mujer, que en lengua alemana les dio las buenas noches, y tan hermosa y ricamente aderezada, como simples rústicos se quedaron mirándola embelesados, hasta que ella viendo la suspensión, prosiguió diciendo:
—Amigos, por la pasión de Cristo os pido que, si sois cristianos, como me parece, me admitáis y amparéis en vuestra compañía, siquiera por ser mujer, que me he escapado de un gran peligro y vengo huyendo de un cruel enemigo que anda procurando quitarme la vida.
Ellos, habiendo entendido bien la lengua, porque era la misma que hablaban, pues de allí a la corte de Alemania apenas había media legua, la respondieron que entrase, que de buena voluntad harían lo que les pedía.
Con este beneplácito de la pobre gente entró la perseguida reina, y haciéndola sentar a la pobre mesa, cenó, comió y almorzó con ellos; porque desde que salió de casa del duque no había comido bocado, haciéndola todos tanto agasajo y buena acogida que aquella noche, no pudiendo dormir, pensando en sus fortunas, se resolvió a enviar a vender a la ciudad aquellos ricos vestidos; y trocándolos en los pastoriles, quedarse allí con aquella buena gente.
Mas no le sucedió como ella pensaba, y fue el caso que cerca de aquellas majadas de pastores había un soto donde se criaba gran cantidad de caza, y adonde el emperador iba muchas veces a cazar y a divertirse de la pensión que trae consigo la carga del gobierno, y había seis u ocho días que estaba en él con la emperatriz y toda su gente, y un niño único que tenían de seis años, príncipe heredero de todo aquel imperio; y a otro día, volviéndose todos a la ciudad, era fuerza pasar por delante de las cabañas; y como los pastores y pastoras sintieron que venía, salieron todos a verle pasar, y Beatriz con ellos.