Tan asombrado quedó el duque de ver las cartas, y conocer la letra y firmas, como Beatriz de que se hubiesen hallado en su poder: era de modo que ni el duque hablaba para culparla ni ella para defenderse de otro modo que con las hermosas lágrimas que hilo a hilo caían de sus lindos ojos: y no hay duda de que si no se acordara de las razones que la hermosa señora la dijo, cuando se apartó de ella en la fuente, de lo que la faltaba por padecer, se quitara la vida para salir de una vez de tantas penas: y aun del duque se cree que le pesó más de hallar las cartas en su poder que de la traición que veía armada contra su vida, y que diera la mitad de su estado porque no fuera hallada en ella; pero la duquesa, como mujer que veía la vida de su marido en balanzas, y la maldad de una mujer que tanto amaban y a quien tantos beneficios habían hecho, como fuera de juicio daba voces que la matasen, diciéndola mil afrentas: a lo que la inocente señora no respondía más que con su amargo llanto, no pudiendo imaginar por dónde le habían venido a su poder aquellas cartas que no había visto ni pensado; si bien se persuadía eran puestas por algún envidioso de su privanza, que contrahaciendo su letra y firma ordenó tal traición: y viendo que para ello no había más disculpa que la de Dios, que como quien sabía la verdad podía ordenar, callaba y lloraba: de que el duque compadecido, la mandó retirar a su cámara, con orden que no saliese de ella, bien contra la voluntad de la duquesa, que no quería sino que muriese.
Ida Beatriz, lo primero que el duque hizo fue poner buena guardia en su palacio, y luego, sin dejar casa ni posada en toda la villa que no se mirase, mandó buscar el tal confidente del conde Fabio, mas no fue hallado, aunque para más satisfacción le trajeron cuatro forasteros que en ella había: y asimismo informado de todos cuantos en su palacio estaban si habían visto a Rosimunda hablar con algún forastero, y diciendo todos que no, creyendo que era más la traición contra la bella Rosimunda que contra él, por descomponerla, lastimado de ello y movido a piedad de su hermosura, honestidad y virtud, y la paciencia con que llevaba aquel trabajo, y lo que más es, guiado por Dios, que no quería que Beatriz muriese, habiéndole dicho que la duquesa, viéndole remiso en darla muerte, estaba determinada a darla veneno, sin que la duquesa lo supiese ni él querer verla, porque no le diese más lástima de la que tenía, la mandó sacar una noche, al cabo de dos días que estaba presa, y que dos criados suyos la llevasen y la pusiesen junto a la fuente donde la habían hallado, sin hacerla más daño que dejarla allí, y así fue hecho; y como la fuente no estaba más de dos leguas de la ciudad, y partiesen con ella al primer cuarto de la noche, cuando llegaron a ella aún no había amanecido; y dejándola allí, como llevaban la orden de su dueño, se volvieron.
¿Quién podrá decir el tierno sentimiento de la afligida reina cuando se vio allí de noche sola y sin amparo, habiendo perdido el sosiego con que en casa del duque estaba, y más por una causa tan afrentosa? Como no se hallaba con prenda de valor para poder remediarse, pues como se ha dicho en casa del duque andaba vestida muy honestamente, no hacía sino llorar, y a cada rumor que oía, ya le parecían, o bestias fieras que la venían a sepultar en su vientre, o salteadores que la violasen su honra; y esto temía más que el morir, porque estaba tal que casi tenía aborrecida la vida.
En esta congoja estaba cuando empezó la aurora a tirar las cortinas de la noche, desterrando los nublados de ella para que Febo saliese, cuando, mirándose Beatriz con los entreclaros crepúsculos del alba, se vio con los ricos vestidos que había sacado de Hungría cuando la llevaron por mandado del rey su esposo a sacarla los ojos: y pareciéndola todas sus cosas prodigios, estando cierta de que aquellos vestidos habían quedado en casa del duque, y ella, con la pena que salió de allí, no se había acordado de ellos; considerando pues estas cosas, juzgó que quien la ponía en tales ocasiones no la desampararía.
Aguardó algo más consolada en qué pararían sus fortunas, llamando a Dios que la socorriese y ofreciéndole aquellos trabajos; cuando siendo ya más de día vio salir de entre los árboles, no un león, ni un oso, ni un salteador, porque estos no la dieran tanto asombro como ver salir a Federico, que si se os acuerda, con su falso doctor y criados se fueron a la floresta cuando dejaron urdida la traición.
No hay duda sino que quisiera más Beatriz verse despedazada de cualquiera de los dichos, antes que verle, y queriéndose poner en huida, se levantó; mas Federico, abrazándose con ella, la dijo:
—Ahora, ingrata y desconocida Beatriz, no te librarán de mis manos tus encantos ni hechizos, ni la jaula de hierro en que me tuviste tanto tiempo, que yo te gozaré en venganza de tus desvíos, y luego te daré la muerte, para excusar la que tú tratas de darme.
—Antes, traidor a Dios, a tu hermano y a mí, verás la mía —respondió Beatriz—, que yo tal consienta. Mátame, traidor enemigo, mátame ahora, si lo has de hacer después.
Diciendo esto, trabajaba por defenderse, y Federico por rendirla, pareciéndole al traidor que luchaba con un gigante, y a Beatriz que sus fuerzas en aquel punto no eran de flaca mujer, sino de robusto y fuerte varón; y andando, como digo, en esta lucha, la dijo Federico, viendo su resistencia:
—¿Qué te cansas, desconocida de mi merecimiento y valor, en quererte librar de mi poder, que aun el cielo no es poderoso para librarte?