—¿Y tú, Rosimunda, serás acaso la que guardas el secreto de mi muerte?

—Señor —respondió la inocente dama—, con mi vida quisiera yo alargar la tuya, como quien tantos beneficios ha recibido y recibo de ella: mas porque no es justo que me reserves a mí entre todos, te suplico hagas conmigo lo que con los demás, que yo creo tan poco en estas fábulas y encantos, que tengo por sin duda que es algún mentiroso engaño para darte este susto.

—Así me parece —dijo el duque—; mas, como dices, por no hacer agravio a los demás, quiero también mirarte a ti.

Y riéndose la entró la mano en la manga, donde hallando las cartas, y mirando los sobrescritos, vio que el uno de la que estaba abierta era la letra misma de su enemigo el conde Fabio, y leyéndole, decía de esta suerte: «A la hermosísima Rosimunda». La cerrada era de letra de Beatriz, y esta decía: «Al excelentísimo y poderoso conde Fabio». Abrió la que no tenía sello, y leyéndola en alto, que de todos fue oída, decía así:

«Los agravios y deshonores recibidos del duque Filiberto, hermosa Rosimunda, están pidiendo venganza; pues, como sabrás del tiempo que asististe en su casa, llegaron a dejarme señalado en el rostro y en el mundo por hombre sin honra: y aunque he procurado con todas veras satisfacerme, no me ha sido posible, que los cobardes miran mucho por su vida, y así es fuerza valerme de la industria, si para quitársela, en desagravio de mi afrenta, me la das, y lugar para hacerlo, como quien en su casa lo puede todo. Con lo que te pagaré este beneficio será con hacerte dueño mío, que por las nuevas que tengo de tu hermosura lo deseo, y señora de mi estado. La respuesta y resolución de este caso darás a quien te diere esta, que es leal confidente mío.

El conde Fabio.»

Estaba la letra tan parecida, y la firma tan bien contrahecha, que no había que poner duda en que la carta era del conde.

Abrió el duque la cerrada, que decía así:

«Tiénenme tan lastimada, conde excelentísimo, los agravios que del duque has recibido desde el día que lo supe, que cualquiera encarecimiento que diga será corto; y aunque los beneficios del duque recibidos me pudieran tener obligada, más debo al sentimiento de tu agravio, como lo verás en la ocasión que me has puesto; que dar lugar a que las personas como tú se desagravien no lo tengo por traición, y supuesto que es así, y que por tu confidente sé cuán cerca estás de esta villa, entra en ella, y ven mañana, ya pasado de media noche, por la puerta trasera de este palacio, que es adonde caen las ventanas de mi posada, trayendo por seña en el sombrero una banda blanca, para que no padezca engaño, por donde te arrojaré la llave con que podrás entrar tú y los que te acompañaren: y déte el cielo valor para lo demás, que en razón de la merced que me prometes, no la acepto hasta que me veas; que podrá ser que entonces te parezca la fama que de mi hermosura tienes más mentirosa que verdadera. El cielo te guarde.

Rosimunda.»