Estas y otras cosas que Federico dijo a su hermano, dándole crédito en virtud del encantado anillo, fueron parte para que en algo se aquietase, mas no para alegrarle, que en esto no tuvo remedio, porque en mucho tiempo no le vieron reír.

Sano ya Ladislao de su enfermedad, en cuya cura se mostró el gran saber del doctor de Federico, que así le llamaban, le pidieron los vasallos que se casase, a lo cual, dándoles bastantes causas para no hacerlo, les dijo, por última resolución, que si pedirle cosa tan fuera de su gusto como sujetarle segunda vez a un yugo tan peligroso y con tantos azares como el del matrimonio, lo hacían por tener herederos, que allí estaba Federico su hermano, a quien desde aquel punto juraba y nombraba por príncipe heredero; y les rogaba que ellos hiciesen lo mismo: y con esto que el rey hizo fue Federico jurado por príncipe de Hungría, que aunque no era muy afecto al reino, por conocerle soberbio y travieso, y más desde que había acaecido el suceso infeliz de la reina, viendo que era voluntad del rey y que por muerte suya le venía derechamente el reino, hubieron de obedecer.

Todas estas cosas llegaron en lenguas de la parlera fama al reino de Inglaterra, con las cuales los reyes, padres de Beatriz, recibieron tanta pena como era justo: unas veces, no creyendo que, en la virtud que en su hija habían conocido, fuese verdad; y otras, juzgándola mujer, de quien por nuestra desdicha se cree más presto lo malo que lo bueno: y para asegurarse más del caso enviaron embajadores al rey Ladislao, que llegados a Hungría e informados del caso, se volvieron tristes y mal satisfechos, asegurando a sus reyes cuán justamente Ladislao había castigado su culpa: con lo cual se excusaron las guerras que sobre esto se pudieran causar.

Poco menos de un año había pasado que Beatriz estaba en casa del duque con nombre de Rosimunda, tan amada de todos que si los hijos que tenía el duque no tuvieran estado, la casara este con uno de ellos: tan aficionados estaban él y la duquesa de su virtud y honestidad; y el mal doctor en la corte de Hungría, tan amado de su rey y príncipe que no hacían más de lo que él ordenaba: tan sujetos los tenía a su voluntad.

Un día le dijo a Federico que ya era tiempo que se empezase la guerra contra Beatriz, que había mucho que gozaba de la amada paz; y que para esto era fuerza partir juntos de la corte; que pidiese licencia al rey, dándole a entender que iban a ver unos torneos que en la corte de Polonia se hacían.

Súpolo tan bien negociar el príncipe que, aunque contra su voluntad, alcanzó licencia por un mes; y diciendo que quería ir encubierto, partió de la corte con el doctor y dos criados, que era el modo con que podía ir a menos costa y más seguro, pues con las artes del doctor fue muy breve el camino, durante el cual avisó a Federico que cuando quisiese no ser conocido, estaba solo en su voluntad, porque el anillo que le había dado tenía esa virtud, como la de mudarle el rostro cuando fuese su gusto, y desfigurarle de suerte que pareciera otro.

Con este advertimiento llegaron una noche a la villa donde vivía el duque, en cuya casa estaba Beatriz; y entrando en el palacio Federico, seguro con su anillo de no ser conocido, y el doctor en sus artes de no ser visto; lo que hizo el doctor fue llegar sin que le viesen, y poner a la inocente Beatriz en su manga una carta cerrada y sellada, con el sobrescrito a otro gran potentado de Alemania, por quien el duque se había retirado de la corte a sus estados, y con el que sobre cosas tocantes a la corona había tenido palabras delante del emperador, ocasionando de esto haber salido los dos a campaña y quedar de esta facción muy enemistados: tanto que se procuraban el uno al otro la muerte: y otra abierta, dando muestra de haber sido leída, con la sobrecubierta a Rosimunda; y hecha esta prevención diabólica, acompañado de Federico, que en virtud de su anillo no podía ser conocido sino de quien era su voluntad, se fueron a otro día al palacio a tiempo que el duque y la duquesa, y con ellos Beatriz, que nunca los dejaba, estaban oyendo cantar los músicos que asistían al duque, y entrados dentro de la misma sala, Federico se quedó junto a la puerta y el doctor, pasando adelante, llegó al duque y le dijo:

—Poderoso señor, la descortesía de entrarme sin licencia bien sé que me la perdonarás cuando sepas a lo que vengo: no te quiero decir quién soy, pues mis obras en tu servicio darán testimonio de mi persona y la facultad que profeso. Estando poco ha en los montes Rifeos, donde cerca de ellos tengo mi habitación, me puse a mirar las cosas que en el mundo han de suceder desde hoy a mañana, y entre otras muchas hallé que en este señalado tiempo que digo has de morir a traición a manos de un enemigo tuyo, a quien ha de dar entrada en tu cámara una persona de tu palacio de las que más amas: quién sea, no está otorgado del cielo que yo lo sepa: y viendo cuán gran daño se seguiría si tú faltases del mundo, por ser como eres un príncipe tan magnánimo y de tanto valor y prudencia, y que por tus muchas virtudes te soy muy aficionado, he venido a toda diligencia, ayudado y acompañado de mis familiares confidentes, a darte aviso de que mires por ti: y para que consigas y sepas lo que a mí me ha negado la poderosa mano, mira cuantos al presente se hallan en tu palacio, que en su poder hallarás quien te asegure de la verdad: y el cielo te guarde, que no me puedo detener más.

Dicho esto, sin aguardar más respuesta, se salió con su compañía y se fueron a emboscar en aquellas arboledas cerca de la fuente donde el duque halló a Beatriz, que allí los aguardaban los dos criados de Federico.

Alborotose el duque y la duquesa con tales nuevas, y mandando cerrar las puertas de palacio, por su misma persona no dejó el duque de visitar ninguna habitación, cofre, arca ni escritorio, ni aun los más secretos rincones de las posadas de los criados, tanto de los oficios mayores como de los inferiores, sin exceptuar las mismas personas, y viendo que por aquella parte no hallaba lo que aquel sabio hombre le había dicho, subió donde estaba la duquesa bañada en lágrimas, e hizo lo mismo con las criadas, sin que quedase cosa por mirar; de modo que ya no faltaba sino Beatriz y los escritorios de la duquesa, y casi por burla la dijo: