—¿Qué estás pensando, príncipe, en quién soy, o cómo te conozco? Pues más sé yo de ti que tú de mí; pues solo por saber con el cuidado en que estás, a remediártele vengo de muy extrañas y remotas tierras, no habiendo un cuarto de hora que estaba de esa parte de los montes Rifeos, donde tengo mi morada y habitación, por ser la más conveniente para ejercitar mis artes. Soy, para que no estés suspenso, un hombre que ha estudiado todas las ciencias, y sé lo pasado y por venir; he andado cuantas provincias y tierras hay del uno al otro polo, porque soy mágico, que es la facultad de que más me precio, pues con ella alcanzo y sé cuanto pasa en el mundo; y soyte tan aficionado que sin que tú me hayas visto te he visto yo a ti muchas veces, sin más interés que el de tenerte por amigo y que tú me tengas a mí por tal, como lo verás en el modo con que te ayudo en el cumplimiento de tus deseos; mas ha de ser con una condición, que este secreto que pasa entre los dos me has de dar palabra, como quien eres, de jamás decirle a nadie, ni aun al confesor, aunque te veas en peligro de la muerte, porque solo en esto estriba la fuerza de mi ciencia; y como esto hagas, no solo te diré cosas que te admiren, mas te pondré en tu poder lo que deseas para que cumplas tu voluntad: mira si te determinas a esto, y hagamos el pleito homenaje para que yo esté seguro, y si no, me iré por donde he venido.
¡Qué le pidieran en esta ocasión a Federico que no cumpliese, y más prometiéndole el doctor lo que le prometía! Pues con lo que le respondió fue con los brazos, y luego con prometerle guardar tan inviolablemente el secreto que aun en la hora de la muerte no le descubriría, ni aun al confesor.
Hecho pues el concierto, se sentaron juntos y el doctor le dijo:
—En primer lugar te digo que por ahora no hallarás lo que buscas, ni es bien que lo halles, porque el día que tu hermano llegue a ver a Beatriz, que viva es, y con ojos, aunque se los sacaron (el cómo los tiene no he podido alcanzar, porque ha sido por una secreta ciencia, reservada al cielo), y está en parte donde es muy estimada y querida, en ese día, pues, ten por segura tu muerte, porque apenas le dirá la verdad del caso cuando el rey la ha de creer, y bien ves en esto tu peligro; y así, lo que hemos de procurar es que salga de donde está, y después de haberla violado el honor y la castidad conyugal, de que ella tanto se precia, la quites la vida, pues de esto conseguirás dos cosas de mucha utilidad: la una, que no se descubra tu traición, pues muriendo ella, no se sabrá y te librarás así de uno de los mayores enemigos que tienes; porque te advierto que lo es, y muy grande; y la otra, que si ella muere, tu hermano no se casará jamás, porque la ama (aun con lo que le has dicho) tan tiernamente que no le ha de agradar mujer alguna como no sea su Beatriz, y tú de este modo has de ser rey de Hungría. Supuesto esto, y que yo vengo a asistirte y ayudarte, desecha tristezas; y el amor que la tienes vuélvele en venganza, que es lo que te importa, que cuando sea tiempo yo te avisaré, mas mira que te vuelvo a requerir el secreto, porque si otra persona en el mundo sabe estas cosas, ni yo te podré ayudar, ni tú conseguirás lo que deseas.
Embelesado estaba Federico escuchando al doctor, viendo cómo le decía sus más íntimos pensamientos, y mucho más de que la reina fuese viva y tuviese vista; mas no quiso apurar en esto la dificultad, antes tornole a abrazar y prometiole de nuevo el secreto y muchas mercedes, jurando que el día que cogiese a la reina en su poder no se contentaría con darla una muerte, sino dos mil si pudiese ser.
Venido el montero, dieron la vuelta a la ciudad, y llegados a ella, hallaron al rey muy malo, y tanto que temían el peligro de su vida; al que como las damas de la reina le informaron tan diferente de lo que Federico le había dicho de su virtud, indeciso de la verdad o mentira, como el amor por su parte hacía lo que le tocaba, se inclinaba más a creer que la reina había padecido inocente que culpada, y se afeaba a sí mismo la ira con que la había enviado a dar la muerte sin hacer primero averiguación del agravio por que la había condenado.
Pues como Federico vio al rey en este estado, temiendo que si averiguaba lo contrario de lo que él había dicho corrían su vida y opinión gran peligro, fue de propósito a advertírselo a su doctor; mas no tenía necesidad de ello, que él estaba bien advertido; y para acreditar más su sabiduría, antes que Federico le hablase sobre ello, le dijo:
—Cuando no fuera de más importancia mi venida a servirte, oh príncipe valeroso, que de salvar tu vida, como en esta ocasión lo haré, la doy por bien empleada. Tu hermano está muy sospechoso de que la reina esté culpada, y si se desengaña, ha de correr riesgo tu vida: toma este anillo y póntele en el dedo del corazón, y entra a hablarle y vuélvele a indignar contra la reina, que en virtud de él te creerá todo cuanto le dijeres, porque hallo por mi sabiduría que el rey no ha de morir de este mal; y asimismo que él, de su voluntad, te ha de heredar en el reino, y es mejor que no alcanzarle violentamente, porque con esto no ganarías la voluntad de los vasallos, y sí dándotele el rey.
Tomó Federico el anillo, en que había estampado algunos caracteres y cifras, admirado de cómo el doctor le adivinaba la imaginación, teniéndose por el hombre más dichoso del mundo en tenerle por amigo, y poniéndosele en el dedo, entró donde el rey estaba, que como le vio, obrando en él la fuerza del encanto, le dijo que fuese bien venido, alegrándose mucho con él; y preguntándole si había hallado lo que iba a buscar, Federico le dijo que no, porque no había hallado más de los vestidos, indicios de que alguna fiera había comido otra fiera; y viendo que el rey había suspirado, le dijo:
—¿Y cómo, señor, en eso estimas tu honor y el mío, que haces sentimiento por haber muerto quien a ti y a mí nos quitó la vida? A ti ofendiéndote en el honor, y a mí por no querer ser el verdugo de él, teniéndome como me tuvo tanto tiempo. Consuélate, por Dios, y ten por seguro que, si no estuviera culpada, el cielo la hubiera defendido, que es amparo de inocentes; mas ya que ha permitido que pague su culpa, no ha sido por acaso. No pueda más el amor que a aquella mujer engañosa tenías que tu honor; tratemos de tu salud, que es lo que importa, procurando olvidar lo sucedido.