Llegados a su palacio, la entregó a su mujer, que era una hermosa señora, aunque ya casi de la edad del duque, contándola cómo la había hallado; que si bien al principio la duquesa no se aseguró de que viniese con el duque tan hermosa dama, dentro de poco tiempo se cercioró de la inocencia con que el duque la había traído, viendo la honestidad y virtud de Rosimunda, que así dijo que se llamaba, porque otro día, quitándose los ricos vestidos que llevaba los guardó, vistiéndose de otros que la dio la duquesa, más honestos, con lo cual la duquesa y el duque la amaban ternísimamente, alabando y bendiciendo el día en que la habían hallado.
Dejemos aquí a Beatriz, siendo el gobierno de la casa del duque y el ídolo de él y de la duquesa; que importa volver a Hungría, donde dejamos al traidor Federico y al engañado rey Ladislao, el cual, con la precipitación de la ira que le causó la relación que su hermano contra la reina le había hecho, la mandó llevar, sin hacer más averiguación de la verdad ni oírla.
Entrando en su cámara, se acostó, y pasando algún espacio de tiempo, ya algo más sosegado, le vino a la imaginación si sería verdad lo que su hermano le había dicho, acordándose de la honestidad y amor con que la reina le había salido a recibir, no pudiendo olvidar su hermosura y pareciéndole que si la reina le hubiera hecho ofensa, que no se atreviera a ponerse delante de él, supuesto que podía sospechar de Federico, pues no había querido hacer lo que le había pedido en razón de mudar de traje.
Y con este pensamiento mandó llamar las damas más queridas de la reina, de las cuales se informó qué habían entendido en aquel caso, las cuales le dijeron que jamás habían visto en la reina asomo de tal pensamiento, antes tenían orden suya para no dejarla sola cuando estuviese allí el infante: y que de la prisión no sabían más de que después de haberla hecho con gran secreto, le había llevado a ella por engaño, en donde si el infante no estuviera tan enojado de verse así, no le había faltado su regalo como si estuviera en plena libertad: que ellas no sabían otra cosa, ni jamás la reina había comunicado con ellas su intención; y esto lo decían con tantas lágrimas, que obligaron a que el rey las ayudase, y más se aumentó cuando vinieron los que la habían llevado y le contaron todo lo sucedido, lo que le ocasionó tanta pena que llegó casi a los fines de su vida, sin que fuese parte el traidor hermano a consolarle, aunque más lo procuraba: tanto que le pidió licencia para ir a buscar a la reina, no siendo la intención del traidor hallarla para su hermano, sino de gozarla y luego quitarla la vida.
Al fin, aunque el rey le negó la licencia, se la tomó él, llevando consigo uno de aquellos que la habían llevado; para que le enseñase la parte donde había quedado; mas cuando llegaron, ya la reina estaba muchas leguas de allí, como se ha dicho.
Cansados de buscarla y no hallando rastro de ella, ni un hilo de los vestidos, pues si la hubieran muerto las fieras, estuvieran esparcidos por el campo; desesperado de ver cuán mal se le lograban sus deseos, se sentó en una de aquellas peñas mientras el montero todavía la buscaba, y ardiéndose en ira de no hallarla para cumplir sus deshonestos apetitos, tomando en esto y en matarla venganza del desprecio que había hecho de él, pensando cuán desacordado había sido de no irse con los que la habían llevado, vio bajar por una senda que entre las peñas se mostraba, aunque mal usada y áspera, un hombre vestido a modo de escolástico, de horrible rostro, y que parecía hasta de cuarenta años.
Traía un libro en la mano, dando con él muestra de que profesaba alguna ciencia, y como llegó a él, le dijo:
—En hora buena esté el noble Federico, príncipe de Hungría.
—En la misma vengáis, maestro —respondió Federico, admirado de que aquel hombre le conociese, no conociéndole él.
Y prosiguiendo el doctor, que así le llamaremos, dijo: