—Aquí, Beatriz, te has de quedar, que no tardará en venir quien te lleve donde descanses por algunos días: sigue tu virtud con ánimo y paciencia, que es de la que más se agrada Dios, que haciéndolo así, te amparará en muchos trabajosos lances en que te has de ver, donde has menester que muestres la alta sangre de donde desciendes: quédate con Dios, a quien ruego y rogaré que te ayude y socorra en ellos, y confía en él, que con esto le hallarás en los mayores aprietos.

Y tornándola a abrazar, no aguardó respuesta, ni Beatriz se la pudiera dar; tan ahogada la tenía el sentimiento de verla partir: solo la respondió con un diluvio de lágrimas que empezó a verter de sus lindos ojos, y volviendo a mirar por dónde iba, la vio que a largo paso caminaba, hasta que se encubrió con la espesura de los árboles, dejando con su ausencia tan embelesada a Beatriz que la pareció quedar sin alma ni vida, porque la vida y alma se le iban siguiendo las pisadas de aquella señora, reparo de sus desdichas, no pudiendo enjugar sus llorosos ojos hechos raudales de perlas.

Sentose, ya que la hubo perdido de vista, junto a la fuente, y lavándose la cara y las manos, que estaban manchadas del fino rosicler que habían vertido sus ojos cuando se los sacaron sus crueles y carniceros verdugos, estuvo así hasta poco antes de anochecer, trayendo a la memoria los sucesos que habían pasado por ella, y pensando a vueltas de ellos quién sería tan sabia mujer, que no solo la había restituido las perdidas luces, mas profetizádole lo que la había de suceder; cuando sintiendo venir tropel de caballos y gente, muy temerosa miró a la parte donde había sentido el ruido y vio salir de entre los árboles hasta diez o doce hombres en forma de cazadores, con halcones y perros, y entre ellos uno que parecía ser el señor de los demás, en el costoso vestido y majestad de su rostro.

Era de mediana edad, galán, y de afable cara y amable presencia, y así que llegaron a la fuente se apearon todos de los caballos, llegando a tener el del caballero para que hiciese lo mismo, y como este llegase donde Beatriz estaba, juzgó de verla lo que ella de verle a él, que era persona de porte, según mostraba en su aderezo y hermosura; que no sé qué se tiene la nobleza que al punto se da a conocer, y así la hizo una cortés reverencia, a lo que Beatriz respondió con lo mismo.

Llegó el caballero, y en la cristalina agua mató la sed, y se lavó las manos y rostro del polvo y sudor que ocasiona el gustoso ejercicio de la caza, y sentándose junto a Beatriz, en lenguaje alemán, que ella bien entendía, la dijo:

—Hermosísima señora, admirado estoy de ver en una parte tan lejos de poblado y sola a una mujer de tanta belleza y rico adorno, pudiendo esta soledad y aspereza ocasionar algún daño contra vuestro honor y vida si vinieran por esta parte muchos salteadores y bandoleros que hay por estas montañas. Suplícoos, para que yo, por ignorar quién sois, no caiga en alguna descortesía, me saquéis de este cuidado diciéndome quién sois y qué fortuna os ha traído por aquí.

No quiso Beatriz que aquel caballero, ya que la veía tan sin compañía y en tal lugar, por encubrir su grandeza, que la perdiese el decoro, teniéndola en menos; y así en la misma lengua alemana le dijo:

—Señor caballero, yo soy una mujer de calidad, que por varios accidentes desgraciados salí de mi tierra, y ellos mismos (que cuando la fortuna empieza a perseguir no se contenta con poco) han ocasionado el apartarme de mi compañía: suplícoos, por lo que a cortesía debéis, que no queráis saber más de mí, porque no me va en callar menos que la vida; solo os pido me digáis quién sois, y en qué tierra estoy, y si está muy lejos de Hungría.

—Señora hermosa, más que cuantas he visto, yo os beso la mano por la merced que me habéis hecho en lo que me habéis dicho; y para satisfaceros a lo que deseáis saber, os digo que estáis en el imperio de Alemania: Hungría, aunque no está muy lejos, es otro reino distinto de este; y yo me llamo el duque Octavio, soy señor de toda esta tierra, y mi estado, por la misericordia de Dios, de los mayores del imperio, por ser potentado de él: dos leguas de aquí está una villa mía, de donde salí hoy a cazar: si sois servida (porque sentiré mucho que os quedéis en tan peligrosa parte esta noche, y asimismo porque no es decente ni bien parecido que tanta hermosura esté sola en el campo) de veniros conmigo, yo sé que seréis muy bien recibida y regalada de la duquesa mi mujer, por darme gusto y porque vos lo merecéis.

Nuevamente agradecida respondió Beatriz al duque, aceptando la merced que la ofrecía; y finalmente el duque la llevó consigo, tan contento como si hubiera hallado un tesoro, no porque la apeteció con amor lascivo, sino que forzado de una secreta estrella, la cobró tanto amor como si fuera su hermana.