—¿Qué tienes, Beatriz, de qué te afliges y lamentas?
—¡Ay, señora! —respondió la afligida dama—, quienquiera que seáis, que como no tengo ojos, no os veo; pues que vos los tenéis, y me veis y conocéis, pues me llamáis de mi propio nombre; ¿por qué me preguntáis de qué me lamento?
—No me ves —respondió la mujer—; pues ahora me verás, que aunque Dios ha permitido darte este martirio, aún no es llegado tu fin, te faltan otros que padecer; que a los que su divina Majestad ama, regala así.
Y diciendo esto, y tocándola con la mano los lastimados ojos, luego quedaron tan sanos como antes de sacárselos los tenía, y aun mucho más hermosos.
Como Beatriz se vio con ellos, miró por quién se le había hecho tan gran bien, y vio junto a sí una mujer muy hermosa, y con ser, a su parecer, muy moza, tan grave y venerable que obligaba a tenerla respeto: y pareciole asimismo que la había visto otras veces, mas no podía acordarse en dónde.
Púsose de rodillas la hermosa reina, no porque la tuviese por deidad, aunque su grave rostro daba indicios de ello, sino por agradecida al beneficio recibido; y tomándole las manos, se las empezó a besar, bañándoselas en tiernas lágrimas, diciendo:
—¿Quién sois, señora mía, que tanto bien me habéis hecho, que aunque me parece que os he visto, no me acuerdo dónde?
—Soy una amiga tuya —respondió la señora—, y la verdad es que me has visto muchas veces; mas por ahora no conviene que sepas más de mí que lo que ves.
Y tomándola por la mano, la levantó y abrazó, y luego sacando una pequeña cestica con pan y algunas frutas, y una calabacita con agua, porque en la parte que estaban no la había, que hasta de este bien la privaron sus rigurosos verdugos, buscando el lugar donde así como había de morir de hambre muriese también de sed, mandó que comiese, y Beatriz lo hizo, como tenía necesidad de ello, rogando a la señora comiese también; a lo que respondió que no tenía necesidad de comer, que lo hiciese ella, porque habían de partir de allí luego; y mientras Beatriz comía, se sentó junto a ella, y la hermosa reina no hacía sino mirarla, porfiando con su memoria para traer a ella dónde la había visto, de que la señora se sonreía.
Acabada la comida, que a Beatriz le pareció que estaba más contenta con ella que con los varios y ostentosos manjares del real palacio, siendo dos horas antes de anochecer, la tomó la hermosa señora por la mano, y dando vueltas por las peñas, unas veces bajando, y otras subiendo, la sacó de entre ellas a un agradable y deleitoso prado, cercado de espesos álamos, chopos y sauces, de que se formaba una hermosa alameda, y en medio de la cual había una clara y cristalina fuente donde, parando junto a ella, la dijo: