Al entrarse Federico con el rey, la dijo:
—Anda, Beatriz, muere, pues me matas; que pagarme habías el tenerme enjaulado como león.
A lo que la santa señora respondió:
—¡Ah traidor, y como te tiene ciego el demonio, que no juzgas que es mejor morir inocente que no vivir culpada! Y más quiero morir en las garras de los brutos animales que no vivir en tus deshonestos brazos, ofendiendo a Dios y a mi esposo: lo que siento es que haya sido tan grande su engaño que haya dado crédito a tus traiciones, sin averiguar la verdad.
Con esto se entraron todos, como el rey había mandado, y los monteros tomaron a la reina y partieron con ella a ejecutar la orden que llevaban.
¿Qué hay que moralizar aquí en la crueldad de este hombre, pues a quien tanto había amado, como decían sus tristezas y furores, según publicaba, porque no consintió en sus lascivos apetitos, ofendiendo a Dios y a su marido, puso en el estado que oís? Cierto, señores caballeros, que aquí no hay disculpa en apoyo de los hombres, ni razón que os acredite, ni aun vosotros mismos, que tantas halláis contra las mujeres, la hallaréis en vuestro favor: y vosotras, hermosas damas, ¿qué mayor desengaño queréis, ni buscáis, ni le podréis hallar, si deseáis tener algo que os estorbe de ser fáciles? Mas temo que os pesa saberlo, porque pecar de inocencia parece que tiene disculpa; mas de malicia, es quiebra que no se puede soldar, y quisiérades no oír tantos desengaños porque vosotras os queréis dejar engañar, pues en los tiempos pasados y presentes hallaréis que los hombres son unos siempre.
Los que llevaban a Beatriz caminaron con ella toda la noche y otro día siguiente, y al medio del tercero llegaron a un monte de espesas matas y arboledas, distante de la corte más de diez leguas, y en una quiebra de las peñas, que parecía en su profundidad que bajaba a los abismos, sin tener piedad de su hermosura y mocedad, ni de sus lágrimas, ni enternecerse de las lastimosas palabras que decía, con que les aseguraba su inocencia, y les pedía que ya que la habían de dejar allí no ejecutasen del todo la rigurosa orden del rey, privándola de la luz, siquiera porque viese su muerte cuando las fieras la ejecutasen, la sacaron los más bellos ojos que se habían visto en aquel reino.
Estaba en poder de hombres; ¡qué maravilla! Cegar y engañar parece así, en el modo, que es todo uno, pues el que está engañado se dice que está ciego de su engaño: luego, hasta en sacarla los ojos cumplieron estos con el oficio de hombres contra esta mujer, como hacen ahora todos con todas.
Hecha esta crueldad, pareciéndoles que no había de vivir, supuesto que cuando no la matasen las fieras, moriría del dolor de las heridas, o de hambre, pues no tenía vista para buscar el necesario sustento, la quitaron las ricas joyas que llevaba, y no sé cómo no hicieron lo mismo del vestido, pues competía en riqueza con las joyas: debió de ser por no embarazarse con él, o porque Dios lo ordenó así, y hecho esto, dejándosela allí, se partieron.
Cómo quedaría la hermosa reina, puesta en los filos de la guadaña de la airada muerte, bien se deja considerar, pues como la sentía tan cerca, no hacía más de llamar a Dios y a su divina y piadosa Madre, tuviesen misericordia de su alma, que ya del cuerpo no hacía caso, ofreciéndoles aquel martirio; cuando a poco más de media hora que así estaba, sintió pasos, y creyendo sería algún oso o león que la venía a despedazar, llamando con más veras a Dios, se dispuso a morir; mas ya que más cerca sintió los pasos, oyó una voz de mujer que la dijo: