Llegó Federico adonde estaba su hermano, no en forma de señor ni príncipe, sino de un salvaje, de un esqueleto vivo, de una visión fantástica; quien como, bajando del caballo, le pidiese las manos, puesto ante él de rodillas, y el rey le viese de tal manera, admirado le dijo:
—¿Cómo, hermano mío, en día de tanta alegría como yo traigo, por haberme Dios vuelto victorioso a mi tierra, vos, que la habíades de solemnizar más que todos, os ponéis delante de mí de la suerte que os veo? ¿Qué os ha sucedido, o cómo estáis de esta suerte? Decídmelo por Dios, no me tengáis más confuso; que aun cuando fuera muerta Beatriz, que es la prenda que en esta vida más estimo, aún no os pudiera obligar a tanto sentimiento.
—Rey y señor —respondió Federico—, pluguiera al cielo que el verme como me veis fuera la causa la reina muerta, que no es pérdida de que os podéis apasionar mucho; pues por lo menos viviera, muriendo ella, vuestro honor: yo vengo de la manera que la liviandad de vuestra mujer me tiene cuanto ha que partiste de Hungría: y porque no son casos que puedan estar secretos, ni lo han estado, sabed que desde que os fuisteis me ha tenido en una jaula de hierro, como león o tigre, u otra bestia fiera, dándome de comer por tasa, no dejándome cortar la barba ni cabellos, ni mudar vestido ni camisa; porque enamorada de mí descubrió su lascivo amor, pidiéndome remedio a él, prometiéndome con vuestra muerte hacerme dueño de su hermosura y de vuestro reino; y porque yo he cumplido con la deuda que a mi rey y hermano soy obligado, me ha hecho pasar la vida que oís, y en mi persona veis, bajando cada día a persuadirme que cumpliese con su liviano y lascivo amor, o que allí me había de dejar morir hasta hoy; la cual, como supo que ya estábades tan cerca, me llevó vestidos y dio libertad, pidiéndome con lágrimas y ruegos que no dijese lo que había pasado; mas yo, que estimo más vuestro honor y vida que la mía, no quise oírla ni hacer lo que pedía, sino venir así a daros cuenta de lo que pasa; y del peligro en que está vuestra vida si la liviana y traidora reina no muere: porque, si bien por mi parte, y por guardar el decoro que os debo, no ha tenido efecto la ofensa, para un rey y marido basta haberla intentado, y quien ha hecho una no dejará de hacer otras muchas, pues podrá ser acuda a otro de menos obligaciones que yo, que siguiendo su parecer os ponga en las manos de la muerte: esta es la santa, la virtuosa, la cuerda y honesta Beatriz, que tanto amáis y estimáis.
Ya delante de vuestros vasallos y caballeros os he dicho lo que me preguntáis, y tanto deseáis saber: porque si se disculpare con vos, contando estas cosas de otra manera, culpándome en ellas para disculparse a sí, como puede ser que lo haga, que las astucias de las mujeres, cuando quieren apoyar su inocencia y encubrir sus traiciones y mentiras, son grandes; creed, señor, que esta es la verdad y no lo que la reina dijere, que ni yo la levantara este testimonio, si fuera mentira lo que digo, o pudiera, sin hacerme acusador público, advertiros de su viciosa vida de otro modo, o procurar decirla con menos testigos de los que están presentes: y si a vos, señor, o a cualquiera de estos caballeros, les parece que lo que digo no es la verdad misma, aquí estoy para sustentarla a cualquiera que en el campo quisiere defender la parte de la reina, porque debe creerse que cuando yo me dispuse a sacar la cara en cosas tan pesadas, y donde está de por medio el honor de un rey y hermano mío, ya fui dispuesto a ponerme a todo riesgo: mas si vos, señor, forzado del amor que la tenéis, disimulando vuestra afrenta, la quisiérades perdonar, vuestra voluntad es ley; mas yo no tengo de estar donde vea con mis ojos una mujer que, sin considerar que soy hijo del rey Ladislao (que Dios tiene), me quiso hacer instrumento de la afrenta y agravio de su esposo, siendo mi rey y mi hermano; y así desde aquí os pido licencia para irme, sin volver más a la ciudad, a las villas que me dejó el rey mi padre y vuestro, a reparar del mal estado en que me han puesto sus deshonestas crueldades. Esto es lo que pasa en vuestra ausencia, y cómo he cumplido con la obligación que a mi grandeza y lealtad debo.
Calló con esto Federico, poniéndose la mano en los ojos; que hay traidores que hasta con lágrimas saben apoyar sus traiciones; y como el rey, atónito de lo que oía, viese además que su presencia flaca, astrosa y mal parada, acreditaba su agravio, y que con las lágrimas sellaba la verdad de lo que decía, creyó como fácil: gran falta en un rey, que si ha de guardar justicia, dando un oído a la acusación, debe de dar otro a la defensa de ella; mas era el acusador su hermano y la acusada su esposa, el traidor un hombre y la comprendida en ella una mujer, que aunque más inocente esté, ninguno cree su inocencia, y más un marido, que con este nombre se califica de enemigo: y así, sin responder palabra, si bien con los ojos unas veces arrojando rayos de furor y otras vertiendo el humor amoroso, se abandonaba a él sin poderle resistir; porque de verdad amaba a la reina ternísimamente. Ordenando a su hermano le siguiese, mandó proseguir su jornada a la ciudad.
Gran rumor se levantó entre los caballeros, platicando unos con otros sobre el caso: y si bien hubo algunos que defendían la parte de la reina, diciendo ser testimonio, porque su virtud y honestidad la acreditaba, los más eran de parecer contrario, y todos se resumían en que no se atreviera Federico a manifestar públicamente un caso de tanto peso si no fuera verdad: sin esto veían que hasta entonces no tenían otro príncipe, y que a falta de su hermano le tocaba por derecho la investidura del reino, y no quisieron, por volver por la reina (aunque estuviese inocente), enemistarse con él.
Con esto caminaron todos, y el rey tan triste que en todo lo que duró el camino no le oyeron más que penosos suspiros, sacados de su apasionado corazón, batallando en él el honor y el amor, el agravio y la terneza de su hermano y su esposa, que al cabo de la lid, ella, como más flaca o más desdichada, quedó vencida.
Antes de entrar en la ciudad, donde llegó casi de noche, mandó que una escuadra de soldados se adelantase y cercase el palacio, sin que dejasen entrar ni salir persona alguna porque no avisasen a la reina y se escapase; y que de camino llevasen orden para que las fiestas prevenidas a su entrada cesasen, y si había luminarias encendidas, se quitasen todas.
Hecho todo como lo mandaba, ya cerrada la noche entró en palacio, despidiendo a la puerta de él todo el acompañamiento y demás gente, y subiendo con solo su hermano, guardia, y algunos monteros de su cámara a los corredores, adonde a la puerta de la sala estaba la santa y hermosísima reina Beatriz con sus damas, bizarramente aderezada: pues aunque cercada de temores y pesares se había compuesto con gran cuidado para esperar al rey, a quien tan pronto como vio, con los brazos abiertos fue a recibirle.
¿Quién podrá en este paso ponderar el enojo del rey? Dígalo el entendimiento de los que lo escuchan; pues ciego de ira, retirándose atrás por no llegar a sus brazos, alzó la mano, y la dio un bofetón con tan grande crueldad y fuerza que, bañada en su inocente sangre, dio con ella a sus pies; y luego, sin más aguardar ni oírla, llamando a cuatro monteros, que en todo el reino no se hallaban hombres más crueles y desalmados, pues por su soberbia y mala vida eran de todos aborrecidos, les mandó tomasen a la reina y la llevasen a los más espesos y fragosos montes que hubiese en el reino, y que en parte donde más áspero e inhabitable sitio hallasen, la sacasen los ojos, con los que por mirar deshonesta había causado su deshonor, y que hecho esto, se la dejasen allí viva, para que siendo su muerte dilatada, sintiese más pena por el delito que había cometido contra él y su amado hermano; a quien mandando que le siguiese, se entró en su cuarto, ordenando asimismo retirar al suyo todas las damas que llorando amargamente tenían cercada a la reina, quien con lágrimas se despedía de todas, diciendo que pues Dios quería que padeciese así, que no la llorasen, que ella estaba muy conforme con su voluntad.