Llegaron a la sala dicha y, entrando en ella, se acercaron a la jaula que allí estaba hecha, admiradas las damas de verla; porque mientras se había construido no había consentido la reina que ninguna bajase al jardín; y estando a la puerta le dijo la reina a Federico que entrase y la mirase bien, que luego le declararía su designio; y él, no maliciando el caso, entró; mas apenas puso los pies dentro, cuando la reina, dando de manos a la puerta la cerró con un gran golpe, y echando el cerrojo y torciendo la llave dijo a Federico, que al ruido de la puerta había vuelto:

—Ahí estarás, príncipe, hasta que venga el rey tu hermano; porque, de otra suerte, ni tú dejarás de ser traidor ni yo perseguida, ni el honor de mi esposo puede estar seguro.

Y dando orden de que por la parte que hacía espaldas a la jaula se pusiesen camas para cuatro pajes que le asistiesen de noche y de día, y a todos sus caballeros para que entrasen en la sala y le divirtiesen, y que llevasen libros y tablas de ajedrez, naipes, dados y dinero para que se entretuviese con sus criados, y a sus damas, que cuando le diese gusto bajasen a divertirle, la más contenta mujer del mundo se retiró a su palacio, dando gracias a Dios de tenerle donde pudiese vivir segura de sus traiciones y quimeras.

Con tanto enojo quedó Federico de ver lo que la reina había hecho con él, que rayos parecían salirle por los ojos, y fue bastante este desprecio (que por tal le tenía) para que todo el amor se le volviese en aborrecimiento y mortal rabia; y de cólera que tenía, en tres días no quiso comer bocado, aunque se le llevaba su comida con la grandeza y puntualidad que siempre, ni acostarse, ni hablar palabra a ninguno de cuantos le asistían, ni tampoco a las damas que bajaban a divertirle; mas, viendo que la reina no mudaba de propósito de sacarle de allí, hubo de comer por no morir, mas tan limitado, que solo era bastante a sustentarle; mas desnudarse, ni hacerse la barba, ni mudar camisa ni vestido, ni acostarse, no se pudo acabar con él, aunque la misma reina fue a pedírselo, diciéndole, con muy bien entendidas razones, que aquella acción él mismo se la había de agradecer, pues con ella le quitaba de cometer un delito tan feo como el que intentaba contra su hermano, y así ella tenía seguro su honor: mas Federico a cosa ninguna le quiso responder, ni hacer lo que le pedía; con lo que la reina, ya resuelta a que le había de tener allí hasta que el rey viniese, le dejó sin querer verle, aunque bajaba muchas veces al jardín; y para mayor seguridad, porque ninguno de sus criados le diese modo con que pudiese salir de allí, mandó a sus criados (los que había traído de Inglaterra) que velasen y tuviesen en custodia a Federico, el cual, a pocos meses que estuvo en esta vida, se puso tan flaco y desemejado que no parecía él, ni su figura.

Algún escándalo causó en la ciudad, entre los grandes, la prisión de Federico, los que acudieron a la reina a saber la causa: a lo cual satisfizo ella diciéndoles que importaba al honor y quietud del rey y suya que estuviese así hasta que su hermano viniese; mandando que, pena de la vida, ninguno avisase al rey de este caso, con lo que ellos, más deseosos, de criados confidentes de Federico supieron cómo amaba a la reina (que estas cosas, y más en los señores que se fían de criados, jamás están secretas): y así, todos los grandes juzgaron que la reina por la seguridad de su honor le tenía allí, y todos la daban muchas alabanzas, amándola más por su virtud que antes.

Estaba Federico tan emponzoñado y colérico, como de su natural era soberbio, que tenía ya trazada en su imaginación su venganza, pues aunque el rey le escribía, jamás le quiso responder; y si bien el rey había enviado a saber de la reina la causa, ella le había respondido que ya sabía la enfermedad que Federico padecía y que ahora, más apretado de ella, le obligaba a no escribirle.

Más de un año pasó en esta vida, despachando la reina con gran prudencia las cosas del reino, sin que hiciese falta en ellas Federico, teniendo a los vasallos tan contentos que no echaban menos ni al rey ni a él.

Fenecida la guerra, y asentadas las cosas de ella muy a gusto de Ladislao, como se vio libre de este embarazo dio la vuelta a Hungría, y sabida su venida por la reina, habiendo hecho un rico vestido para Federico, ya que supo que no estaba el rey más de una jornada de la ciudad y que los señores se querían partir a recibirle, fue a la prisión en que estaba y, abriendo la puerta, le dijo:

—Ya, príncipe, es fenecida tu prisión; tu hermano viene y esta noche estará aquí: la causa de tenerte como te he tenido mejor que yo la sabes tú, pues no fue para castigarte sino por vivir segura y que lo estuviese el honor de tu hermano: ya no es tiempo que en día de tanta alegría haya enemistades: suplícote que me perdones y que, perdiendo el enojo que tienes contra mí, te vistas y adereces con estas galas que de mi gusto para ti se han hecho, y salgas con los caballeros que te están aguardando a recibir el rey.

Bastantes eran estas palabras para amansar otro cualquier ánimo menos obstinado que el de Federico; mas él, apoderado de todo punto de su ira, sin responder palabra a su reina, ni querer mudar camisa ni vestido, ni cortarse ni aun peinarse los cabellos, ni hacerse la barba, sino de la manera en que estaba, pidiendo un caballo y subiendo en él, se partió con los caballeros que le aguardaban por orden de la reina, dejándola mal segura y bien cuidadosa de alguna traición, pesándole de haberle dado libertad hasta que ella hubiera informado al rey de todo, y mucho más de haber roto el papel, que pudiera ser el mejor testigo de su abono; mas viendo que ya estas cosas no tenían remedio, se encomendó a Dios, poniéndose en sus manos y resignando su voluntad en la suya.