Que aunque oye, no escucha,

Por no darle remedio.

Y nunca se enternece,

Porque es cruel, y su dolor no siente.

Con airado rostro escuchó la reina las referidas endechas, si bien, por no dar que sospechar a los que las cantaron y a los que las oían, habiendo conocido en ellas mismas de la parte que venían, disimuló su enojo, mas no quiso que cantasen más, y ardiéndose en ira, estuvo en puntos de mandarle matar por librarse de sus atrevimientos y cansadas quimeras, y pedía a Dios trajese presto al rey, imaginando que su presencia refrenaría su desbocada locura.

Mas viendo que la venida se dilataba, y que en Federico se alargaba la desenvoltura, desenfadándose con libertades de que podía resultar algún mal suceso, se determinó a lo que ahora diré, y fue que, llamando con gran secreto artistas que fuesen a propósito juramentados de que no dijesen a nadie la obra que habían de hacer en una gran cuadra que estaba en el jardín, con muchas rejas que por todas partes caían al hermoso vergel, donde muchas noches del verano el rey y ella cenaban y dormían en medio de ella, porque era muy grande y hermosa y tenía capacidad para todo, mandó a los dichos artistas le hiciesen una jaula de varas de hierro, doradas, gruesas, fuertes y menudas, de tal calidad que no pudiesen ser rotas ni arrancadas de su lugar, y que desde el suelo al techo estuviesen bien fijadas, de tanto espacio que cupiese dentro una cama pequeña, un bufete y una silla, y que quedase algún espacio para pasearse por ella: que en su puerta hubiese un fuerte cerrojo con una grande y segura llave, y además otra cerradura que, cerrándola de golpe, quedase segura y construida muy a su gusto. Mandó colgar la sala de afuera de ricas colgaduras, y dentro de la jaula poner una cama y lo demás; y como estuvo aderezado, mandó llamar a su traidor cuñado, y con más agradable semblante que otras veces, le dijo:

—Hermano mío, vamos al jardín, que quiero que vuestra alteza vea una obra que en él tengo hecha muy de mi gusto para cuando venga el rey.

Federico, seguro y alegre de ver que la reina le hacía aquel favor (no de los menores que él podía desear), la tomó de la mano diciendo:

—¿Quién podrá, reina y señora, contradecir a lo que mandas, ni imaginar que siendo de tu gusto no será muy hermosa?

Y con esto caminaron al jardín; la reina tan falsa contra Federico cuanto él lozano y alegre de ir con ella tan cerca que la podía manifestar su sentimiento, como lo hizo; pues a excusas de las damas la iba diciendo amorosas y sentidas razones. La reina sufrió por tener tan cerca su venganza y por llegar a conseguirla, siendo su atrevimiento tan grande que llegó a besarla la hermosa mano que llevaba asida con la suya, no poco contento de ver que la reina tenía tanto sufrimiento, pareciéndole obraba amor en ella.