A lo que Beatriz respondió, inspirada del cielo:

—Estate quedo, engañador, no te vayas, que poco importa que estés presente, pues tú siempre lo estás a todo; mas por esta vez no te valdrán tus astucias ni saber, que hay quien sabe más que tú.

Con esto, sentándose el rey y Beatriz, y el doctor, Federico se confesó de todos sus pecados, excepto de las traiciones tocantes a la reina, estando muy contento el mágico, viendo cómo observaba el príncipe lo que le tenía prometido, quien luego que acabó y dijo no tener más que decir, viendo Beatriz que era diferente, le dijo:

—¿No tienes más que decir?

—No —dijo Federico.

—¿No? —replicó Beatriz. Pues mira lo que haces hasta darte el licor: yo te lo daré, que en esta vasija le tengo; mas advierte que si te dejas alguna cosa, por mínima que sea, en el mismo punto que le bebas no solo perderás la vida, mas también el alma.

Tembló oyendo esto Federico, y volviéndose al rey le dijo:

—Hermano mío, prometedme, como rey, perdonarme lo que hubiere cometido contra vos, y otorgadme la vida, que menos que con esto no puedo hacer lo que este buen hombre pide.

—Yo, hermano amado —dijo el rey—, os perdono, aunque hubiérades tratado de quitarme la vida, y os otorgo la vuestra, y quiera Dios que, obrando este milagroso remedio, la tengáis por muchos años.

—Pues, doctor amigo —dijo Federico, vuelto al mágico—, perdona, que morir y condenarme son dos males terribles; y no es razón que, por guardarte a ti la promesa que te hice loco, pierda la vida del alma y cuerpo, cuando estoy cuerdo.