—¿De esa manera cumples lo que prometes? —dijo el mágico—. ¿Qué esperanzas darás a tus súbditos para cuando seas rey? Y yo me quejaré de ti, y te infamaré por todo el mundo de perjuro.

—Más importa el alma y la vida —dijo Federico.

Y sin aguardar a más preguntas ni respuestas, declaró todo lo que tocaba a la reina, diciendo cómo había sido quien la había enamorado y perseguido, y cómo ella, por librarse de él, le había encerrado en la jaula de hierro; cómo había fingido con el saber del doctor las cartas, estando en la casa del duque; cómo la había querido forzar antes de matarla en la fuente; cómo le había muerto el niño príncipe en casa del emperador, y cómo, estando para degollarla, se había desaparecido; lo que había oído del caballero de casa del emperador que había venido a que no se ejecutase la justicia, porque el niño había resucitado; cómo la había hallado con los ojos, siendo cierto que los monteros se los habían sacado; y cómo, por más que habían procurado saber qué se había hecho, no lo habían podido alcanzar, ni el doctor con su saber, ni él con sus diligencias; y cómo tenían intención de matar al rey, porque si en algún tiempo pareciese, no los castigase.

Finalmente, no dejó cosa que no la descubriese, lo que visto por Beatriz, dándole la abujeta del licor, al punto quedó sano.

Como el rey, que atento estaba a lo que su hermano decía, se enterase de la inocencia de la reina y lo que había pasado de trabajos y persecuciones, y no supiese dónde la hallarían para pedirla perdón y volverla al estado que merecía, llorando tiernamente le dijo:

—¡Ay, Federico (que no te quiero llamar hermano, que no han sido tus obras de serlo); y cómo fuiste cuerdo en pedirme la vida, que a no habértela prometido, una muerte fuera pequeño castigo, pues si pudiera darte mil, no lo dejara por ningún peligro que me pudiera venir! No parezcas mientras yo viviere ante mis ojos, que no quiero ver con ellos la causa de las lágrimas que están vertiendo los míos.

¡Ay, mi amada Beatriz, y cómo si, considerándote culpada, aún no ha entrado alegría en mi triste corazón por haber perdido tu amada compañía; cómo desde hoy moriré viviendo, sin que estas lágrimas que vierto jamás se enjuguen de mis penosos ojos! ¡Ay, santa mártir! Perdona mi mal juicio en dar crédito contra tu virtud a tal traición: ¿mas cómo no me había de engañar si mi propio hermano te desacreditaba con tan aparentes maldades?

Decía el rey estas lástimas con tanto sentimiento, que viendo Beatriz que ya era tiempo de darse a conocer, le dijo:

—Sosiégate, Ladislao, no te desconsueles tanto, que aquí está Beatriz; yo soy la que tantas deshonras y desdichas ha padecido, y por quien tus ojos están vertiendo esas lágrimas.

Apenas la reina dijo esto, cuando se vio, y la vieron todos, con los reales vestidos que sacó de palacio cuando la llevaron a sacar los ojos y que se habían quedado en la cueva, sin faltar ni una joya de las que le quitaron los monteros, tan entera en su hermosura como antes, sin que el sol ni el aire, aunque estuvo ocho años en la cueva, la hubiesen ajado un punto de su belleza; observando todos cuantos en la sala estaban, que eran muchos (por cuanto al llanto que el rey hacía habían entrado todos los caballeros que fuera estaban, creyendo que Federico había muerto), cómo la Madre de Dios, Reina de los ángeles y Señora nuestra, tenía puesta su divina mano sobre el hombro derecho de la hermosa reina Beatriz; a cuya celestial y divina vista el doctor, que sentado en una silla estaba cerca de la cama de Federico, dando un grande estallido, como si un tiro de artillería se disparara, daba grandes voces, diciendo: