—Venciste, María, venciste; ya conozco la sombra que amparaba a Beatriz, que hasta ahora estuve ciego.

Y desapareció, dejando la silla llena de espeso humo, siendo la sala un asombro y un caos de confusión, porque a la parte que estaba Beatriz con su divina Defensora era un resplandeciente paraíso, y a la que el falso doctor y verdadero demonio, una tiniebla y obscuridad.

Arrodillose el rey, y Federico, que ya había saltado de la cama, a los pies de Beatriz, y todos cuantos estaban en la sala de la misma suerte, besándola los pies y la tierra en que los tenía.

¡Quién oyera a Ladislao las ternezas que la decía, pidiéndola perdón del descrédito que contra su virtud había tenido! ¡Quién viera a Federico suplicándola le perdonase, confesando a voces su traición! ¡Quién mirara a sus damas, que a las voces y tronidos del demonio habían salido con tiernas lágrimas, besándola unas las manos y otras las ropas; y todos con tanto contento cuanto había sido la pena que habían tenido de sus desdichas! No hay que decir sino que parecía un género de locos de contento.

Levantó Beatriz a su esposo y cuñado juntos, abrazándolos de la misma suerte, y luego a todos los demás, uno por uno. Salió la voz de la venida milagrosa de la reina, sabiéndose cómo era el doctor que había dado la vida a todos, y corrían como fuera de juicio a palacio; tanto, que fue necesario que saliese donde de todos fuese vista, porque daban voces que les dejasen ver su reina; y así como la dejó entre el concurso dicho, la Reina del cielo había desaparecido.

Bien quisiera Ladislao tornar a gozar entre los hermosos brazos de su esposa las glorias que había perdido en su ausencia; mas ella no lo consintió, diciéndole que ya no había reino ni esposo en el mundo para ella, que al Esposo celestial y al reino de la gloria solo aspiraba; que no la tratase de volver a ocasionarle más desdichas de las padecidas: y como esta debía de ser la voluntad divina, no la replicó más el rey ni trató de persuadirla lo contrario; porque, inspirado de Dios, se determinó a seguir los pasos y camino de Beatriz, que sin querer hacer noche en palacio, llevando consigo todas las damas que quisieron ser sus compañeras, se fue a un convento donde tomaron todas el hábito de religiosas, dándola licencia el rey para ello, donde vivió santamente hasta que fue de mucha edad.

El rey Ladislao envió luego a Inglaterra las nuevas con embajadores fidedignos, enviando por la infanta Isabela para mujer de Federico, quien era hermana de Beatriz y muy niña cuando ella vino a Hungría, y no menos hermosa que su hermana, a la que los reyes sus padres quisieron traer ellos mismos, por ver de camino a Beatriz; y venidos, se celebraron las bodas de Federico y la infanta Isabela con grandes fiestas de los dos reinos, y acabadas, antes que los reyes de Inglaterra se volviesen, el rey Ladislao traspasó y cedió el reino a su hermano; y habiéndole dado la investidura y jurádole los vasallos, tomó el hábito del glorioso san Benito, donde siguiendo los pasos de su santa esposa, fue a prevenirse el lugar en el cielo.

Habiendo vivido santamente, murió muchos años antes que Beatriz, la cual, antes de su muerte, escribió ella misma su vida, como aquí se ha dicho con nombre de desengaño; porque en él ven las damas lo que deben temer, pues por la crueldad y porfía de un hombre padeció tantos trabajos la reina Beatriz, la que en toda Italia es tenida por santa, donde vi su vida manuscrita, estando allá con mis padres.

Y advierto esto, porque si alguno hubiere oído algo de esta reina, será como digo, mas no impresa ni manoseada de otros ingenios; y como se ha propuesto que estos desengaños han de ser sobre casos verdaderos, fuerza es que alguno los haya oído en otras partes, mas no como aquí va referido.

Con tanto gusto escuchaban todos el desengaño que doña Estefanía refirió, que, aunque largo, no causó hastío al gusto, antes quisieran que durara más: y si bien don Diego, por llegarse a ver dueño de la belleza de Lisis, deseada tan largo tiempo, quisiera que los desengaños de aquella noche fueran más cortos, las dos desengañadoras, como era la penúltima, de propósito los previnieron más largos, y no le hacían poco favor en dilatarle la pena que en lugar de gusto le estaba prevenida por fin de la fiesta, pues en esta penosa vida no le hay cumplido, porque, como nos vamos acercando más al fin, como el que camina, que andando un día una jornada y otro día otra, viene a llegar al lugar adonde enderezó su viaje, así este triste mundo va caminando, y en las desdichas que en él suceden parece que se va acercando a la última jornada.