ESTRAGOS QUE CAUSA EL VICIO.

Ya cuando doña Isabel acabó de cantar estaba la divina Lisis sentada en el asiento del desengaño, habiéndola honrado todos cuantos había en la sala, damas y caballeros, como a presidente del sarao, con ponerse en pie, haciéndola cortés reverencia hasta que se sentó, y todo lo merecía su hermosura, su entendimiento y su valor; y habiéndose vuelto todos a sentar, con gracia nunca vista empezó de esta suerte:

—Estaréis, hermosas damas y discretos caballeros, aguardando a oír mi desengaño con más cuidado que los demás, por esperarle mejor sazonado, más gustoso, con razones más bien dispuestas, y habrá más de dos que dirán entre sí: «¿Cuándo ha de desengañar la bien entendida, o la bachillera, que de todo habrá, la que quiere defender a las mujeres, la que pretende enmendar a los hombres, y la que pretende que no sea el mundo el que siempre ha sido?» Porque los vicios nunca se envejecen, siempre son mozos, y en los mozos, de ordinario hay vicios; los hombres son los que se envejecen en ellos, y una cosa a que se hace hábito jamás se olvida; y yo, como no traigo propósito de canonizarme por bien entendida sino por buena desengañadora, es lo cierto que, ni en lo hablado ni en lo que hablaré, he buscado razones retóricas ni cultas; porque, además de ser un lenguaje que con el extremo posible aborrezco, querría que me entendiesen todos, el culto y el lego, porque como todos están ya declarados por enemigos de las mujeres, contra todos he publicado la guerra; y así he procurado hablar en el idioma que mi natural me enseña y aprendí de mis padres; que lo demás es una sofistería en que han dado los escritores por diferenciarse de los demás; y dicen a veces cosas que ellos mismos no las entienden, y cómo las entenderán los demás si no es diciendo, como algunas veces me ha sucedido a mí, que cansando el sentido por saber qué quiere decir y no sacando fruto de mi fatiga, digo: «Muy bueno debe de ser, pues yo no lo entiendo».

Así, noble auditorio, yo me he puesto aquí a desengañar a las damas y a persuadir a los caballeros que no las engañen; y ya que esto sea por ser ancianos en este vicio, pues ellos son los maestros de los engaños, y han sacado en las que los militan buena disciplina, no digan mal de la ciencia que ellos enseñan.

De manera que aquí me he puesto a hablar sin engaño, y yo misma he de ser el mayor desengaño, porque sería morir del engaño y no vivir del aviso si, desengañando a todas, me dejase yo engañar.

Ánimo, hermosas damas, que hemos de salir vencedoras. Paciencia, discretos caballeros, que habéis de quedar vencidos y habéis de juzgar a favor que las damas os venzan. Este es el desafío de una a todos, y de cortesía por lo menos me habéis de dar la victoria, pues tal vencimiento es quedar más vencedores.

Claro está que siendo, como sois, nobles y discretos, por mi deseo, que es bueno, habéis de alabar mi trabajo, aunque sea malo, no embote los filos de vuestro entendimiento este parto pobre y humilde mío; y así, pues no os quito y os doy, ¿qué razones habrá para que entre las grandes riquezas de vuestros heroicos discursos no halle lugar mi pobre jornalejo? Y supuesto que, aunque moneda inferior, es moneda y vale algo, por humilde no la habéis de pisar: luego si merece tener lugar entre vuestro grueso caudal, ya os vencéis y me hacéis vencedora.

Ved aquí, hermosas damas, cómo quedando yo con la victoria de este desafío, le habéis de gozar todas, pues por todas peleo.

¡Oh, quién tuviera el entendimiento como el deseo, para saber defender a las hembras y agradar a los varones! Y que ya que os diera el pesar de venceros, fuera con tanta erudición y gala que le tuviérades por placer, y que, obligados de la cortesía, vosotros mismos os rindiérades más.

Si es cierto que todos los poetas tienen parte de divinidad, quisiera que la mía fuera tan del empíreo que os obligara sin enojaros; porque hay pesares tan bien dichos que ellos mismos se diligencian el perdón.