De todas estas damas habéis llevado la reprensión, aunque con temor, porque creo que no están aún bien desengañadas de vuestros engaños; y de mí la llevaréis, saliendo triunfadora, porque pienso que no os habré menester sino para decir bien o mal de este sarao; y en eso hay poco perdido, si no le vale, como he dicho, vuestra cortesía; porque si fuere malo, no ha de perder el que le sacare a luz, pues le comprarán siquiera para decir mal de él; y si bueno, él mismo se hará lugar y se dará el valor.

Si le tuvieren por bachillería, no me negaréis que no va bien perfeccionado, y más no habiéndome ayudado del arte, que es más de estimar, sino de este natural que me dio el cielo.

Yo os advierto que escribo sin temor; porque como jamás me han parecido mal las obras ajenas, de cortesía se me debe que parezcan bien las mías, y no solo de cortesía, mas de obligación. Doblemos aquí la hoja y vaya de desengaño, que al fin se canta la gloria, y voy segura de que me habéis de cantar la gala.

Estando la católica y real majestad de Felipe tercero el año de mil seiscientos diecinueve en la ciudad de Lisboa, en el reino de Portugal, sucedió que un caballero, gentilhombre de su real cámara (a quien llamaremos don Gaspar, bien fuese así su nombre o bien lo sea supuesto, pues así lo oí o a él mismo o a personas que le conocieron, que en esto de los nombres pocas veces se dice el mismo), fue a esta jornada acompañando a Su Majestad.

Era galán, noble, rico y con todas las prendas que se pueden desear, y más en un caballero, pues como la mocedad trae consigo los accidentes de amor, mientras dura su flor no tratan los hombres de otros ministerios, y más cuando van a otras tierras extrañas de las suyas, quienes por ver si las damas de ellas se adelantan en gracias a las de su tierra, luego tratan de calificarlas haciendo empleo de su gusto en alguna que los saque de esta duda.

Así don Gaspar, que parece iba solo a esto, a muy pocos días que estuvo en Lisboa hizo elección de una dama, si no de lo más acendrado en calidad, por lo menos de lo más lindo que para sazonar el gusto pudo hallar; y esta fue la menor de cuatro hermanas, que, con recato (por ser en esto las portuguesas muy miradas), trataban de entretenerse y aprovecharse, pues ya que las personas no sean castas, es gran virtud ser cautas, porque en lo que más pierden los de nuestra nación, tanto hombres como mujeres, es en la ostentación que hacen de los vicios, y es el mal que apenas hace una mujer un yerro, cuando ya se sabe, y a muchas que no lo hacen se le acumulan.

Estas cuatro hermanas que digo vivían en un cuarto tercero de una casa muy principal, y los demás de ella estaban ocupados de buena gente, y ellas no en muy mala opinión: tanto que, para que don Gaspar no se la quitase, no la visitaba de día, y para entrar de noche tenía llave de un postigo de una puerta trasera; de forma que, aguardando a que la gente se recogiese y las puertas se cerrasen, que de día estaban entrambas abiertas por mandarse los vecinos por la una y la otra, abría con su llave y entraba a ver a su prenda sin nota ni escándalo de la vecindad.

Poco más de quince días había gastado don Gaspar en este empleo, si no enamorado, a lo menos satisfecho de la belleza de esta dama, cuando una noche, que por haber estado jugando fue algo más tarde que las demás, le sucedió un portentoso y raro caso que parece fue anuncio de los que en aquella ciudad le sucedieron después, y fue que, habiendo despedido un criado que siempre le acompañaba, por ser de quien fiaba entre todos los que le asistían a las travesuras de sus amores, abrió la puerta y parándose a cerrarla por de dentro, como hacía otras veces, en una cueva que en el mismo portal estaba, no trampa en el suelo sino puerta levantada en arco con unas verjas menudas, y que siempre estaba sin llave por ser para toda la vecindad que en aquel cabo de la casa moraban, oyó unos ayes dentro, tan bajos y lastimosos que no dejó de causarle por primera instancia algún horror, si bien ya más recobrado, juzgó sería algún pobre que, por no tener donde albergarse aquella noche, se había entrado allí, y que se lamentaba de algún dolor que padecía.

Acabó de cerrar la puerta, y subiendo al cuarto de su dama (por satisfacerse de su pensamiento, antes de hablar una sola palabra en razón de su amor), pidió una luz, y con ella tornó a la cueva, y con grande ánimo, al fin como quien era, bajó los escalones, que no eran muchos, y entrando en ella vio que no era muy espaciosa, porque desde el fin de los escalones se podía bien señorear lo que había en ella, que no era más de las paredes; y espantado de verla desierta y que no estaba en ella el dueño de los penosos gemidos que había oído, mirando por todas partes, como si hubiera de estar escondido en algún agujero, advirtió a una parte de ella mullida la tierra, como que había poco tiempo que la habían cavado, y habiendo visto de la mitad del techo colgado un garabato, que debía de servir de colgar en él lo que se ponía a remediar del calor, tirando de él le arrancó y empezó a arañar la tierra para ver si acaso descubría alguna cosa; y a poco trabajo que puso, por estar la tierra muy movediza, vio que uno de los hierros del garabato había hecho presa, y se resistía de tornar a salir; puso más fuerza y levantándolo hacia arriba asomó la cara de un hombre, por haberse clavado el hierro por debajo de la barba, no porque estuviese apartada del cuerpo, que a estarlo la sacara de todo punto.

No hay duda sino que tuvo necesidad don Gaspar de todo su valor para sosegar el susto y tornar la sangre a su propio lugar, que había ido a dar favor al corazón, que, desalentado del horror de tal vista, se había enflaquecido. Soltó la presa, que se tornó a sumir en la tierra, y allegando con los pies la que había apartado, se tornó a subir arriba, dando cuenta a las damas de lo que pasaba, que, cuidadosas de su tardanza, le esperaban, de que no se mostraron poco temerosas, tanto que, aunque don Gaspar quisiera irse luego, no se atrevió, viendo su miedo, a dejarlas solas; mas no pudieron acabar con él que se acostase como otras veces, no de temor del muerto sino de empacho y respeto, que cuando nos alumbran de nuestras ceguedades los sucesos ajenos, y más tan desastrados, demasiada desvergüenza es no atemorizarse de ellos, y por respeto del cielo, pues a la vista de los muertos no es razón pecar los vivos. Finalmente, la noche la pasaron en buena conversación, dando y tomando sobre el caso, pidiéndole las damas modo y remedio para sacar de allí aquel cuerpo que estaba lamentándose como si tuviera alma.