Era don Gaspar noble, y temiendo no les sucediese a aquellas mujeres algún riesgo, obligado de la amistad que tenía con ellas, a la mañana, cuando se quiso ir, que fue luego que la aurora empezó a mostrar su belleza, les prometió que a la noche daría orden para sacarlo de allí y que se le diese tierra sagrada, que eso debía de pedir con sus lastimosos gemidos; y como lo dispuso, fue irse al convento más cercano, y conferenciando con el superior de los religiosos, en confesión le contó todo cuanto le había sucedido, que acreditó con saber el religioso quién era, porque la nobleza trae consigo el crédito; y aquella misma noche del siguiente día fueron con don Gaspar dos religiosos, y traída luz, que la mayor de las cuatro hermanas trajo, por ver el difunto, a poco que cavaron, pues apenas sería vara y media, descubrieron el triste cadáver, y sacándolo fuera vieron que era un mozo que aun no llegaba a veinte y cuatro años, vestido de terciopelo negro y ferreruelo de bayeta; porque nada le faltaba del arreo, pues hasta el sombrero tenía allí, con su daga y espada, y en las faltriqueras, en la una un lienzo, unas horas y el rosario, y en la otra unos papeles, entre los cuales estaba la bula; mas por los papeles no pudieron saber quién fuese, por ser letra de mujer y no contener otra cosa más de finezas amorosas, y la bula aún no tenía asentado el nombre, por parecer tomada aquel día, o por descuido, que es lo más cierto. No tenía herida alguna, ni parecía estar muerto de más de doce o quince días.

Admirados de todo esto, y más de oír a don Gaspar que le había oído quejar, le acomodaron en una caja que para esto llevaba el criado de don Gaspar, y habiéndose la dama vuelto a subir a su cuarto, se le cargó al hombro uno de los religiosos, que era lego, y caminaron con él al convento, haciéndoles guarda don Gaspar y su confidente, donde le enterraron, quitándole el vestido y lo demás, en una sepultura que ya para el caso estaba abierta, supliendo don Gaspar este trabajo de los religiosos con alguna cantidad de doblones para que se dijesen misas por el difunto, a quien había dado Dios lugar de quejarse para que la piedad de este caballero le hiciese este bien.

Bastó este suceso para apartar a don Gaspar de aquella ocasión en que se había ocupado; no porque imaginase que tuviesen las hermanas culpa, sino porque juzgó que era aviso de Dios para que se apartase de casa donde tales riesgos había, y así no volvió más a ver las hermanas, aunque ellas lo procuraron diciendo se mudarían de la casa: y asimismo, atemorizado de este suceso, por algunos días resistió los impulsos de la juventud, sin querer emplearse en lances amorosos, en donde tales peligros hay, y más con mujeres que tienen por renta el vicio y por caudal el deleite, pues de estas no se puede sacar sino el motivo que han tomado los hombres para no decir bien de ninguna y sentir mal de todas; mas al fin, como la mocedad es caballo desenfrenado, rompió las ataduras de la virtud sin que estuviese en manos de don Gaspar dejar de perderse, si así se puede decir; pues a mi parecer, ¿qué mayor perdición que enamorarse?

Fue el caso que, en uno de los suntuosos templos que hay en aquella ciudad, un día que con más devoción y descuido de amar y ser amado estaba, vio la divina belleza de dos damas, de las más nobles y ricas de la ciudad, que entraron a oír misa en el mismo templo donde don Gaspar estaba, tan hermosas y niñas que a su parecer no se llevaban un año la una a la otra; y si bien había suficiente caudal de hermosura en las dos para amarlas a entrambas, como el amor no quiere compañía, escogieron los ojos de nuestro discreto caballero la que le pareció de más perfección, y no escogió mal, porque la otra era casada.

Estuvo absorto, despeñándose más y más en su amor mientras oyeron misa, que acabada, viendo se querían ir, las aguardó a la puerta; mas no se atrevió a decir nada, por verlas cercadas de criados y porque en un coche que llegó a recibirlas venía un caballero portugués, galán y mozo, aunque robusto, y que parecía según su presencia no ser hombre de burlas.

La una de las damas se sentó al lado del caballero, y la que don Gaspar había elegido por dueño, a la otra parte, de que no se alegró poco en verla sola; y deseoso de saber quién era, detuvo un paje a quien le preguntó lo que deseaba, y le respondió que el caballero era don Dionís de Portugal y la dama que iba a su lado su esposa, y que se llamaba doña Magdalena, que había poco que se había casado; que la que se había sentado en frente se llamaba doña Florentina, y era hermana de doña Magdalena.

Despidiose con esto el paje y don Gaspar, muy contento de que fuesen personas de tanto valor, ya determinado de amar, servir y agradar a doña Florentina, y de diligenciarla para esposa (con tal rigor hace amor sus tiros cuando quiere herir de veras), mandó a su fiel criado y secretario que siguiese el coche para saber la casa de las dos bellísimas hermanas.

En tanto que el criado fue a cumplir, o con su gusto, o con la fuerza que en su pecho hacía la dorada saeta con que amor le había herido dulcemente (que este tirano enemigo de nuestro sosiego tiene unos repentinos accidentes, que si no matan, privan del juicio a los heridos de su dorado arpón), estaba don Gaspar entre sí haciendo muchos discursos: ya le parecía que no hallaba en sí méritos para ser admitido de doña Florentina, y con esto desmayaba su amor, de tal suerte que se determinaba dejarle morir en su silencio; y ya más animado, haciendo en él la esperanza las fuerzas que con sus engañosos gustos promete, le parecía que apenas la pediría por esposa, cuando le fuese concedida, sabiendo quién era, y cuán estimado vivía cerca de su rey: y como este pensamiento le diese más gusto que los demás, se determinó a seguirle, enlazándose más en el amoroso enredo, con verse tan valido de la más que mentirosa esperanza, que siempre promete más que da, y somos tan bárbaros que conociéndola vivimos de ella.

En estas quimeras estaba cuando llegó su confidente y le informó del cielo donde moraba la deidad que le tenía fuera de sí, y desde aquel mismo punto empezó a perder tiempo y gastar pasos tan sin fruto, porque, aunque continuó muchos días la calle, era tal el recato de la casa que en ninguno alcanzó a ver, no solo a las señoras, mas ni criada alguna, con haber muchas, aunque buscaba las horas más dificultosas como las más fáciles.

La casa parecía encantada, en las rejas había menudas y espesas celosías, y en las puertas fuertes y seguras cerraduras; y apenas era una hora de noche, cuando ya estaban cerradas y todos recogidos; de manera que, si no era cuando salían a misa, no era posible verlas, y aun entonces pocas veces iban sin ir acompañadas de don Dionís: con que todos los intentos de don Gaspar se desvanecían; solo con los ojos en la iglesia daba a entender su cuidado a la dama; mas ella no hacía caso, o no atendía a ellos.