No dejó en este tiempo de ver si por medio de algún criado podía conseguir algo de su pretensión, procurando con oro asestar tiros a su fidelidad; mas como era castellano, no halló en ellos lo que deseaba, por la antipatía que esta nación tiene con la nuestra, que con vivir entre nosotros son nuestros enemigos.

Con estos estorbos se enamoraba más don Gaspar, y más el día que veía a Florentina, que no parecía sino que los rayos de sus ojos hacían mayores suertes en su corazón, y le parecía que quien mereciese su belleza habría llegado al non plus ultra de la dicha, y que podría vivir seguro de celosas ofensas, estando bien triste, sin saber qué hacerse, ni qué medios poner en su cuñado para que se la diese por esposa, temiendo la oposición que hay entre portugueses y castellanos.

Poco miraba Florentina en don Gaspar, aunque había bien que mirar en él, porque aunque, como he dicho, en la iglesia podía haber notado su asistencia, le debía de parecer que era deuda debida a su hermosura; que pagar el que debe no merece agradecimiento. Más de dos meses le duró a don Gaspar esta pretensión, sin tener más esperanzas de salir con ella que las dichas. Y si la dama no sabía la enfermedad del galán, ¿cómo podía aplicar el remedio? Y creo que aunque lo supiera no se le diera, porque llegó tarde.

Vamos al caso, que es como sigue: una noche, poco antes que amaneciese, venían don Gaspar y su criado de una casa de conversación, pues aunque pudiera con la ostentación de señor traer coche y criados, como mozo y enamorado picaba en muy esforzado y gustaba más de andar así, procurando con algunos entretenimientos divertirse de sus amorosos cuidados, cuando pasando por la calle donde vivía Florentina, que ya que no veía la perla se contentaba con ver la caja, al entrar por la calle, por ser la casa a la salida de ella, con el resplandor de la luna, que aunque iba alta daba claridad, vio tendida en el suelo una mujer, a quien el oro de sus atavíos, cuyos vislumbres con los de divina competencia la calificaban de porte, que con desmayados alientos se quejaba, como si ya quisiera despedirse de la vida.

Más sustos creo que le dieron estos a don Gaspar que no los que oyó en la cueva, no de pavor sino de compasión; y llegándose a ella para informarse de su necesidad, la vio toda bañada en sangre, de que todo el suelo estaba hecho un lago, y su macilento y hermoso rostro, aunque desfigurado, daba muestras de su divina belleza y también de su cercana muerte.

Tomola don Gaspar por sus hermosas manos, que parecían de mármol en lo blanco y elevado, y estremeciéndola la dijo:

—¿Qué tenéis, señora mía, o quién ha sido el cruel que así os puso?

A cuya pregunta respondió la desmayada señora, abriendo los ojos, y conociéndole castellano, y alentándose más con esto de lo que podía, en lengua portuguesa le dijo:

—¡Ay, caballero!, por la pasión de Cristo y por lo que debéis a ser quien sois, y a ser castellano, que me llevéis adonde procuréis, antes que muera, darme confesión, que ya que pierdo la vida en la flor de mis años, no querría perder el alma, que la tengo en gran peligro.

Tornose a desmayar dicho esto, lo que visto por don Gaspar, y que la triste dama daba indicios mortales, entre él y el criado la levantaron del suelo, y acomodándosela a este en los brazos de manera que la pudiese llevar con más alivio, para quedar él desembarazado por si encontraban gente o la justicia, caminaron lo más aprisa que podían a su posada, que no estaba muy lejos, donde llegados sin estorbo alguno, fueron recibidos de los demás criados y una mujer que cuidaba de su regalo, y poniendo el desangrado cuerpo sobre su cama, envió uno por un confesor y otro por un cirujano.