Y hecho esto, entró donde estaba la linda dama, a quien tenían cercada los demás, y la criada con una bujía encendida en la mano, que a este punto había tornado en sí y estaba pidiendo confesión, porque se moría: a quien la criada consolaba, animándola a que tuviese valor, pues estaba en parte donde cuidarían de darla remedio al alma y cuerpo.

Llegó pues don Gaspar, y poniendo los ojos en el ya casi difunto rostro, quedó como los que ven visiones o fantasmas, sin pestañear ni poder con la lengua articular palabra alguna, porque no vio menos que a su adorada y hermosa Florentina; y no acabando de dar crédito a sus mismos ojos, los cerraba y abría, y tornándolos a cerrar los tornaba de nuevo a abrir, por ver si se engañaba; y viendo que no era engaño, empezó a dar lugar a las admiraciones, no sabiendo qué decir de tal suceso ni qué causa podría haber dado para que una señora tan principal, recatada y honesta estuviese del modo que la veía y en la parte que la había hallado; mas, como vio que por entonces no estaba para saber de ella lo que tan admirado le tenía, porque la herida dama ya se desmayaba y ya tornaba en sí, puso treguas a sus deseos, callando quién era por no advertir a los criados de ello.

Vino en esto el criado con dos religiosos, y de allí a poco el que traía al cirujano, y para dar primero remedio al alma, se apartaron todos; mas Florentina estaba tan desfallecida y desmayada de la sangre que había perdido y perdía, que no fue posible confesarse; y así, por mayor, por el peligro en que estaba, haciendo el confesor algunas prevenciones y prometiendo, si a la mañana se hallase más aliviada, confesarse, la absolvió; y dando lugar al médico del cuerpo, acudiendo todos y los religiosos, que no se quisieron ir hasta dejarla curada, la desnudaron y pusieron en la cama, y hallaron que tenía una estocada entre los pechos de la parte de arriba, que aunque no era penetrante, mostraba ser peligrosa, y lo fuera más a no haberla defendido algo las ballenas de un justillo que traía: y debajo de la garganta, casi en el hombro derecho otra, también peligrosa, y otras dos en la parte de las espaldas, dando señal que teniéndola asida del brazo se las habían dado, que lo que la tenía tan sin aliento era la perdida sangre, que era mucha, porque había tiempo que estaba herida.

Hizo el cirujano su oficio, y al revolverla para hacerlo, se quedó de todo punto sin sentido. En fin, habiéndola tomado la sangre, y don Gaspar contentado al cirujano, avisándole no diese cuenta del caso hasta ver si la dama no moría, contándole de la manera que la había hallado; por ser el cirujano castellano, de los que habían ido en la tropa con S. M., pudo conseguir lo que pedía, y con orden de que volviese en siendo de día, se fue a su posada y los religiosos a su convento.

Recogiéronse todos menos don Gaspar, que no quiso cenar, quedándose en una cama en la misma cuadra en que estaba Florentina. Se fueron los criados a acostar, dejándole allí algunas conservas, bizcochos, agua y vino, por si la dama cobraba el sentido, darla algún socorro.

Idos, como digo, todos, don Gaspar se sentó sobre la cama en que estaba Florentina, y teniendo cerca de sí la luz, se puso a contemplar la casi difunta hermosura, y viendo medio muerta la misma vida con que vivía, haciendo en su enamorado pecho los efectos que amor y piedad suelen causar, con los ojos humedecidos del amoroso sentimiento, tomándola las manos que tendidas sobre la cama tenía, ya la registraba los pulsos, para ver si acaso vivía, otras tocándola el corazón y muchas poniendo los claveles de sus labios en los nevados copos que tenía asidos con sus manos, decía:

—¡Ay, hermosísima y malograda Florentina, que quiso mi desdichada suerte que cuando soy dueño de estas deshojadas azucenas, sea cuando estoy tan cerca de perderlas! Desdichado fue el día que vi tu hermosura y la amé; pues después de haber vivido muriendo tan dilatado tiempo, sin valer mis penas nada ante ti, que lo que se ignora pasa por cosa que no es, quiso mi desesperada y desdichada fortuna que cuando te hallé, fuese cuando te tengo más perdida y estoy con menos esperanzas de ganarte; pues cuando me pudiera prevenir, con el bien de haberte hallado, algún descanso, te veo ser despojo de la airada muerte.

¡Qué podré hacer, infelice amante tuyo, en tal dolor, sino serlo también en el punto que tu alma desampare tu hermoso cuerpo, para acompañarte en esta eterna y última jornada! ¡Qué manos tan crueles fueron las que tuvieron ánimo para sacar de tu cristalino pecho, donde solo amor merecía estar aposentado, tanta púrpura como los arroyos que te he visto verter! Dímelo, señora mía, que como caballero te prometo de hacer en él la más rabiosa venganza que cuanto ha que se crió el mundo se haya visto.

¡Mas ay de mí, que ya parece que la airada parca ha cortado el delicado estambre de tu vida, pues ya te admiro mármol helado, esperando verte fuego y blanda cera derretida al calor de mi amor! Pues ten por cierto, ajado clavel y difunta belleza, que te he de seguir, cuando, no acabado con la pena, muerto con mis propias manos, con el puñal de mis iras.

Diciendo esto, tornaba a hacer experiencia de los pulsos y del corazón, y tornaba de nuevo y con más lastimosas quejas a llorar la malograda belleza.