Así pasó hasta las seis de la mañana, que a esta hora tornó en sí la desmayada dama con algo de más aliento, pues como se le había restriñido la sangre, tuvo más fuerza su ánimo y desanimados espíritus; y abriendo los ojos miró, como despavorida, los que la tenían cercada, extrañando el lugar donde se veía, estando ya todos allí, y el cirujano y los dos piadosos frailes; mas volviendo en sí, y acordándose cómo la había traído un caballero y lo demás que había pasado por ella, con debilitada voz pidió que la diesen alguna cosa para cobrar fuerzas, y la sirvieron con unos bizcochos mojados en oloroso vino, por ser alimento más blando y sustancioso; y habiéndolos comido, dijo que la señalasen el caballero a quien debía el no haber muerto como gentil bárbara; y hecho, le dio las gracias como mejor supo y pudo.
Y habiéndose ordenado la sacasen una sustancia, la quisieron dejar un rato sola para que, no teniendo con quien hablar, reposase y se previniese para confesarse; más ella, sintiéndose con algo más aliento, dijo que no, sino que se quería confesar luego por lo que pudiese suceder; y antes de eso, volviéndose a don Gaspar, le dijo:
—Caballero, que aunque quisiera llamaros por vuestro nombre, no le sé, aunque me parece que os he visto antes de ahora, ¿acertaréis a ir a la parte donde me hallasteis? Que si es posible acordaros, en la misma calle preguntad por las casas de don Dionís de Portugal, que son bien conocidas en ella; y abriendo la puerta, que no está más que con un cerrojo, poned en cobro lo que hay en ella, tanto de gente como de hacienda; y porque no os culpen a vos de las desventuras que hallaréis en ella, y por hacer bien os venga mal, llevad con vos algún ministro de justicia, que ya es imposible, según el mal que hay en aquella desdichada casa (por culpa mía), encubrirse, ni menos cautelarme yo, sino que sepan dónde estoy; y si mereciere más castigo del que tengo, me le den.
—Señora —respondió don Gaspar, diciéndola primero cómo era su nombre—, bien sé vuestra casa y bien os conozco, pues aunque no decís sino que muchas veces me habéis visto, aunque no me habéis mirado, yo a vos sí, que os he mirado y visto; mas no estáis en estado de saber por ahora dónde, ni menos para qué, si de esas desdichas que en vuestra casa sois vos la causa, andéis en lances de justicia.
—No puede ser menos —respondió Florentina—; haced, señor don Gaspar, lo que os suplico, que yo no temo más daño del que tengo; demás que vuestra autoridad es bastante para que por ella me guarden a mí alguna cortesía.
Viendo pues don Gaspar que esta era su voluntad, no replicó más; antes mandando poner el coche, entró en él y se fue a palacio, y dando cuenta de lo sucedido con aquella dama, sin decir que la conocía ni amaba, a un deudo suyo, también de la cámara de Su Majestad, le rogó le acompañase para ir a dar cuenta al gobernador, porque no le imaginasen cómplice en las heridas de Florentina ni en los riesgos sucedidos en su casa; y juntos don Gaspar y don Miguel fueron a casa del gobernador, a quien dieron cuenta del estado en que había hallado la dama y lo que decía de su casa.
Y como el gobernador conocía muy bien a don Dionís y vio lo que aquellos señores le decían, al punto, entrándose en el coche con ellos, haciendo admiraciones de tal suceso, se fueron cercados de ministros de justicia a la casa de don Dionís, y llegados a ella abrieron el cerrojo que Florentina había dicho, y entrando todos dentro lo primero que hallaron fue, a la puerta de un aposento que estaba al pie de la escalera, dos pajes en camisa, dados de puñaladas; y subiendo por la escalera, una esclava blanca, herrada en el rostro, a la misma entrada de un corredor, de la misma suerte que los pajes, y una doncella sentada en el corredor, atravesada de una estocada hasta las espaldas, que aunque estaba muerta, no había tenido lugar de caer, como estaba arrimada a la pared; junto a esta estaba una hacha caída, como que a ella misma se la había caído de la mano: más adelante, a la entrada de la antesala, estaba don Dionís atravesado en su misma espada, que toda ella se le salía por las espaldas, y él caído boca abajo, pegado el pecho con la guarnición, que bien se conocía haberse arrojado sobre ella, desesperado de la vida y aborrecido de su misma alma.
En un aposento que estaba en el mismo corredor, correspondiente a una cocina, estaban tres esclavas, una blanca y dos negras, la blanca en el suelo en camisa en la mitad del aposento; y las negras en la cama, también muertas a estocadas; entrando más adentro, en la puerta de una cuadra, medio cuerpo afuera y medio adentro, estaba un mozo de hasta veinte años poco más o menos, de muy buena presencia y cara, traspasado de una estocada; este estaba en camisa, cubierto con una capa y en los descalzos pies unas chinelas: en la misma cuadra donde estaba la cama, echada en ella, doña Magdalena, también muerta de crueles heridas, mas con tanta hermosura que parecía una estatua de marfil salpicada de rosicler: en otro aposento, detrás de esta cuadra, otras doncellas en la cama, también muertas como las demás.
Finalmente, en la casa no había cosa viva: mirábanse los que veían esto unos a otros, tan asombrados que no sé cuál podía en ellos más, si la lástima o la admiración; y bien juzgaron ser don Dionís el autor de tal estrago, y que después de haberlo hecho, había vuelto su furiosa rabia contra sí: mas viendo que solo Florentina, que era la que tenía vida, podía decir cómo había sucedido tan lastimosa tragedia, sabiendo de don Gaspar el peligro en que estaba su vida y que no era tiempo de averiguarla hasta ver si mejoraba, suspendieron la averiguación y dieron orden de enterrar los muertos, con general lástima, y más de doña Magdalena, que como la conocían por una señora de tanta virtud y tan honrada, y la veían con tanta mocedad y belleza, se dolían más de su desastrado fin que de los demás.
Dada, pues, tierra a los lastimosos cadáveres y puesta por inventario la hacienda, depositándola en personas abonadas, se vinieron todos juntos a casa de don Gaspar, donde hallaron reposando a Florentina, la que después de haberse confesado y dádola una sustancia, se había dormido; y que un médico, de quien se acompañó el cirujano que la asistía por orden de don Gaspar, decía que no era tiempo de desvanecerla, por cuanto la confesión había sido larga y la había dado calentura; que aquel día no convenía que hablase más, porque temían con la falta de tanta sangre como había perdido, no enloqueciese, y así la dejaron depositada en poder de don Gaspar y su primo, quienes siempre que se la pidiesen darían cuenta de ella.