Se volvió el gobernador a su casa, llevando bien qué contar él y todos de la destrucción de la casa de don Dionís, y bien deseosos de saber el motivo de tan lastimoso caso.

Más de quince días se pasaron que no estuvo Florentina para hacer declaración de tan lastimosa historia, llegando muchas veces a término de acabar la vida, tanto que fue necesario darla todos los sacramentos. En cuyo tiempo, por consejo de don Gaspar y don Miguel, había hecho declaración, delante del gobernador, cómo don Dionís había hecho aquel lastimoso estrago, celoso de doña Magdalena y aquel criado de quien injustamente sospechaba mal, que era el que estaba en la puerta de la cuadra, y que a ella había también dado aquellas heridas; mas que no la acabó de matar por haberse puesto de por medio aquella esclava que estaba en la puerta del corredor, donde pudo escaparse mientras la mató, y que se había salido a la calle y cerrado tras sí la puerta, y con perder tanta sangre, cayó donde la halló don Gaspar: que en cuanto a don Dionís, que no sabía si se había muerto o no; mas que, pues le habían hallado como decían, que él de rabia se habría muerto.

Con esta confesión o declaración que hizo, no culpándose a sí por no ocasionarse el castigo, cesaron las diligencias de la justicia; antes desembargando la hacienda y poniendo a ella en libertad, la dieron posesión: la parte de su hermana, por herencia, y la de don Dionís, en pago de las heridas recibidas de su mano, para que si viviese, la gozase, y si muriese, pudiese testar a su voluntad.

Con que, pasado más de un mes y viéndose quieta y rica, se consoló y mejoró (o por disposición de Dios, que ordena las cosas conforme a su voluntad, y para utilidad nuestra) de tal suerte que en poco tiempo estaba ya tan fuera de peligro y tan agradecida del agasajo de don Gaspar, y reconocida del bien que de él había recibido, que no fuera muy dificultoso el amarle, pues fuera de esto lo merecía por su gallarda y afable condición, además de su nobleza y muchos bienes de fortuna de que le había engrandecido el cielo de todas maneras; y aun estoy por decir que le debía de amar.

Mas como no se hallaba inferior en la buena sangre, en la riqueza y en la hermosura, que esa sola bastaba, sino en la causa que originó el estar ella en su casa, no se atrevía a darlo a entender; ni don Gaspar, más atento a su honor que a su gusto, aunque la amaba, como se ha dicho, y más como se sabe del trato, que suele engendrar amor donde no le hay, no había querido declararse con ella hasta saber en qué manera había sido la causa de tan lastimoso suceso; porque más quería morir amando con honor, que sin él vencer y gozar, supuesto que Florentina, para mujer, si había desmán en su pureza, era poca, y para dama, mucha: y deseoso de salir de este cuidado y determinar lo que había de hacer, porque la jornada de Su Majestad para Castilla se acercaba y él había de asistir a ella, viéndola con salud y muy cobrada en su hermosura, y que ya se empezaba a levantar, la suplicó le contase cómo habían sucedido tantas desdichas como por sus ojos había visto; y Florentina, obligada y rogada de persona a quien tanto debía, estando presente don Miguel, que deseaba lo mismo, y aun no estaba menos enamorado que su primo, aunque, temiendo lo mismo, no quería manifestar su amor, empezó a contar su prodigiosa historia de esta manera.

—Nací en esta ciudad (nunca naciera, para que no hubiera sido ocasión de tantos males) de padres nobles y ricos, siendo desde el primer paso que di en este mundo causa de desdichas, pues se las ocasioné a mi madre, quitándola, en acabando de nacer, la vida, con tierno sentimiento de mi padre, por no haber gozado de su hermosura más de los nueve meses que me tuvo en su vientre; si bien se le moderó, como hace a todos, pues apenas tenía yo dos años se casó con una señora viuda y hermosa, con buena hacienda, que tenía asimismo una hija que le había quedado de su esposo, de edad de cuatro años, y esta fue la desdichada doña Magdalena.

Hecho, pues, el matrimonio de mi padre y su madre, nos criamos juntas desde la infancia, tan amantes la una de la otra y tan amadas de nuestros padres que todos entendían que éramos hermanas; porque mi padre, por obligar a su esposa, quería y regalaba a doña Magdalena como si fuera hija suya; y su esposa, por tenerle a él grato y contento, me amaba a mí más que a su hija; que esto es lo que deben hacer los buenos casados y que quieren vivir con quietud; pues del poco agrado que tienen los maridos con los hijos de sus mujeres, y las mujeres con los de sus maridos, nacen mil rencillas y pesadumbres.

En fin, digo que si no eran los que muy familiarmente nos trataban, que sabían lo contrario, todos los demás nos tenían por hermanas, y aun nosotras mismas lo creímos así hasta que la muerte descubrió este secreto, pues llegando mi padre al punto de hacer testamento para partir de esta vida, por ser el primero que la dejó, supe que no era hija de la que reverenciaba por madre ni hermana de la que amaba por hermana; y por mi desdicha, hubo de ser por mí por quien faltó esta amistad.

Murió mi padre, dejándome muy encomendada a su esposa; mas no pudo mostrar mucho tiempo en mí el amor que a mi padre tenía, porque fue tan grande el sentimiento que tuvo de su muerte que dentro de cuatro meses le siguió, dejándonos a doña Magdalena y a mí bien desamparadas, aunque bien acomodadas de bienes de fortuna, que acompañados con los de naturaleza, nos prometíamos buenos casamientos, porque es bien cierto que no hay dieciocho años feos.

Dejonos nuestra madre (que en tal lugar la tenía yo) debajo de la tutela de un hermano suyo, de más edad que ella, el cual nos llevó a su casa y nos tenía como a hijas, no diferenciándonos en razón de nuestro regalo y aderezo a la una de la otra, porque era con tan gran extremo lo que las dos nos amábamos que el tío de doña Magdalena, pareciéndole que hacía lisonja a su sobrina, me quería y acariciaba de la misma suerte que a ella; y no hacía mucho, pues no estando él muy sobrado, con nuestra hacienda no le faltaba nada.