Ya cuando nuestros padres murieron, andaba don Dionís de Portugal, caballero rico y poderoso, y de lo mejor de esta ciudad, muy enamorado de doña Magdalena, deseándola para esposa, y se había dilatado el pedirla por su falta, paseándola y galanteándola de lo ternísimo y cuidadoso, como tiene fama nuestra nación. Y ella, como tan bien entendida, conociendo su logro, le correspondía con la misma voluntad en cuanto a dejarse servir y galantear de él, con el decoro debido a su honestidad y fama, supuesto que admitía su voluntad y finezas con intento de casarse con él.

Llegaron pues estos honestos y recatados amores a determinar doña Magdalena casarse sin la voluntad de su tío, conociendo en él la poca que mostraba a darla estado, temeroso de perder la comodidad con que con nuestra buena y lucida hacienda pasaba; y así gustara más de que fuéramos religiosas, y aun nos lo proponía muchas veces: mas viendo la poca inclinación que teníamos a este estado, o por desvanecidas con la belleza, o porque habíamos de ser desdichadas, no apretaba en ello, mas dilataba el casarnos; que todo esto pueden los intereses a los que quieren vivir con descanso: lo que visto por doña Magdalena, determinada, como digo, a elegir por dueño a don Dionís, empezó a engolfarse más en su voluntad, escribiéndose el uno al otro y hablándose muchas noches por una reja.

Asistíala yo algunas noches (¡así primero muriera, pues tan cara me cuesta esta asistencia!), al principio contenta de ver a doña Magdalena empleada en un caballero de tanto valor como don Dionís, medio envidiosa de que fuese suyo y no mío, y al fin enamorada y perdida por él. Oíle tierno, escuchele discreto, mirele galán, y considerele ajeno, y dejeme perder sin remedio con tal precipicio que vine a perder la salud; donde conozco que acierta quien dice que el amor es enfermedad, pues se pierde el gusto y se huye el sueño y se apartan las ganas de comer.

Pues si todos estos accidentes caen sobre el fuego que amor enciende en el pecho, no me parece que es el menos peligroso tabardillo; y más cuando da con la modorra de no poder alcanzar, y con el frenesí celoso de ver lo que se ama empleado en otro cuidado; y más rabioso fue este mal en mí, porque no podía salir de mí, ni consentía ser comunicado, pues todo el mundo me había de infamar de que amase yo lo que mi amiga o hermana amaba; yo quería a quien no me quería, y este amaba a quien yo tenía obligación de no ofender. ¡Válgame Dios, y qué intrincado laberinto! Pues solo mi mal era para mí, y mis penas no para comunicarlas.

Bien notaba doña Magdalena mi melancolía y perdido color, y demás accidentes, mas no imaginaba la causa, que creo, de lo que me amaba, que dejara la empresa porque yo no padeciera; y cuando considero esto, no sé cómo mi propio dolor no me quita la vida: antes juzgaba que mi tristeza debía de ser porque no me había llegado a mí la ocasión de tomar estado como a ella, como es este el deseo de todas las mujeres de sus años y de los míos; y si bien algunas veces me persuadía a que la comunicase mi pena, yo la divertía dándola otras precisas causas, hasta llegarme a prometer que, casándose, me casaría con quien yo tuviese gusto. ¡Ay, malograda hermosura, y qué falsa y desdichadamente te pagué el amor que me tenías!

Cierto, señor don Gaspar, que a no considerar que si dejase aquí mi lastimosa historia, no cumpliría con lo que estoy obligada, os suplicara me diérades licencia para dejarla, porque no me sirve de más sino de añadir nuevos tormentos a los que padezco en referirla: mas pasemos con ella adelante, que justo es que padezca quien causó tantos males, y así pasaré a referirlos.

Las músicas, las finezas y los extremos con que don Dionís servía a doña Magdalena, ya lo podréis juzgar de la opinión de enamorados que nuestra nación tiene, ni tampoco las rabiosas bascas, los dolorosos suspiros y tiernas lágrimas de mi corazón y ojos, el tiempo que duró este galanteo, pues lo podréis ver por lo que adelante sucedió.

En fin, puestos los medios necesarios para que el tío de doña Magdalena no se opusiese, viendo conformes las dos voluntades, aunque de mala gana por perder el interés que se le seguía en el gobierno y administración de la hacienda, doña Magdalena y don Dionís llegaron a gozar lo que tanto deseaban, tan contentos con el felicísimo y dichoso logro de su amor como yo triste y desesperada, viéndome de todo punto desposeída del bien que adoraba mi alma.

No sé cómo os diga mis desesperaciones y rabiosos celos, mas mejor es callarlo porque así saldrán mejor pintados, porque no hallo colores como los de la imaginación. No digo más, sino que a este efecto hice un romance, que si gustáis, le diré, y si no, le pasaré en silencio.

—Antes me agraviaréis —dijo don Gaspar— en no decirle, que sentimientos vuestros serán de mucha estima.