Casáronse, en fin, don Dionís y doña Magdalena; y, como me lo había prometido, me trajo, cuando se vino a su casa, en su compañía, con ánimo de darme estado, pensando que traía una hermana y verdadera amiga, y trajo la destrucción de ella: pues ni el verlos ya casados, ni cuán ternísimamente se amaban, ni lo que a doña Magdalena de amor debía, ni su misma pérdida, nada bastó para que yo olvidase a don Dionís, antes crecía en mí la desesperada envidia de verlos gozarse y amarse con tanta dulzura y gusto, con lo que yo vivía tan sin él que, creyendo doña Magdalena que nacía de que se dilataba el darme estado, trató de emplearme en una persona que me estimase y mereciese; mas nunca ella ni don Dionís lo pudieron acabar conmigo, de lo que doña Magdalena se admiraba mucho y me decía que me había hecho de una condición tan extraña que la traía fuera de sí, ni me la entendía.

Y a la cuenta debía de comunicar esto mismo con su esposo; porque un día que ella estaba en una visita y yo me había quedado en casa, como siempre lo hacía, pues estando tan desabrida a todo divertimiento me negaba, vino don Dionís y hallándome sola y los ojos bañados de lágrimas, pues pocos ratos dejaba de llorar el mal empleo de mi amor, sentándose junto a mí, me dijo:

—Cierto, hermosa Florentina, que a tu hermana y a mí nos trae cuidadosísimos tu melancolía, haciendo varios discursos de qué te puede proceder, y ninguno hallo más a propósito, ni que lleve color de verdadero, sino que quieres bien en parte imposible, que a no ser así, no creo que haya caballero en esta ciudad, aunque sea de jerarquía superior, que no estime ser amado de tu hermosura y se tuviera por muy dichoso en merecerla, aun cuando no fueras quien eres ni tuvieras la hacienda que tienes, sino que fueras una pobre aldeana, pues, con ser dueño de tu sin igual belleza, se pudiera tener por el mayor rey del mundo.

—Y si acaso sucediese —repliqué yo (no dejándole pasar adelante; tan precipitada me tenía mi amorosa pasión, o, lo más seguro, dejada de la divina mano)— que fuera así, que amara en alguna parte difícil de alcanzar correspondencia, ¿qué hiciérades vos por mí, señor don Dionís, para remediar mi pena?

—Decírsela, y solicitarle para que te amase —respondió don Dionís.

—Pues si es así —respondí yo—, dítela a ti mismo y solicítate a ti, y cumplirás lo que prometes; y mira cuán apurado está mi sufrimiento que, sin mirar lo que debo a mí misma, ni que profano la honestidad y joya de más valor que una mujer tiene, ni el agravio que hago a tu esposa, que aunque no es mi hermana la tengo en tal lugar, ni con saber que voy a perder y no a ganar contigo, pues es cierto que me has de desestimar y tener en menos por mi atrevimiento, y despreciarme por mirarme liviana, y de más a más, por el amor que debes a tu esposa, tan merecedora de tu lealtad como yo de tu desprecio. Nada de esto me obliga, porque he llegado a tiempo que es más mi pena que mi vergüenza; y así, tenme por libre, admírame atrevida, ultrájame deshonesta, aborréceme liviana, o haz lo que fuere de tu gusto, que ya no puedo callar.

Y cuando no me sirva de más mi confesión, sino que sepas que eres la causa de mi tristeza y desabrimiento, me doy por contenta y pagada de haberme declarado; y supuesto esto, ten entendido que, desde el día que empezaste a amar a doña Magdalena, te amo más que a mí, pasando las penas que ves y no ves, y de que a ninguna persona en el mundo he dado parte, resuelta a no casarme jamás, porque si no fuere a ti, no he de tener otro dueño.

Acabé esta última razón con tantas lágrimas, ahogados suspiros y sollozos, que apenas la podía pronunciar.

Lo que resultó de esto fue que, levantándose don Dionís, creyendo yo que se iba huyendo por no responder a mi determinada desenvoltura, cerró la puerta de la sala y volvió donde yo estaba, diciendo:

—No quiera amor, hermosa Florentina, que yo sea ingrato a tan divina belleza, y a sentimientos tan bien padecidos y tan tiernamente dichos.