Y anudándome al cuello los brazos, me acarició de modo que ni yo tuve más que darle, ni él más que alcanzar ni poseer. En fin, toda la tarde estuvimos juntos en amorosos deleites, y en el discurso de ella me hizo saber, y no sé que fuese verdad pues los amantes a peso de mentiras nos compran, que desde otro día de casados me amaba y que, por no atreverse, no me lo había dicho, y otras cosas con que yo, creyéndole, me tuve por dichosa y me juzgué no mal empleada, y que si se viera libre, fuera mi esposo. Rogome don Dionís con grandes encarecimientos que no descubriera a nadie nuestro amor, pues teníamos tanto lugar de gozarle, y yo le pedí lo mismo, temerosa de que doña Magdalena lo conociese.

En fin, de esta suerte hemos pasado cuatro años, estando yo desde aquel día la mujer más alegre del mundo: cobreme en mi perdida hermosura, restituime en mi donaire, de manera que ya era el regocijo y alegría de toda la casa, porque yo mandaba en ella; lo que yo hacía era lo más acertado; lo que mandaba, lo obedecido; era dueña de la hacienda, y de cúya era; por mí se despedían y recibían los criados y criadas; de manera que doña Magdalena no servía más que de hacer estorbo a mis empleos.

Amábame tanto don Dionís, granjeándole yo la voluntad con mis caricias, que se vino a descuidar en las que solía y debía hacer a su esposa, con que se trocaron las suertes: primero Magdalena estaba alegre y Florentina triste; y ya Florentina era la alegre y Magdalena la melancólica, llorosa, desabrida y desconsolada; y si bien entendía que por andar su esposo en otros empleos se olvidaba de ella, jamás sospechó en mí: lo uno, por el recato con que andábamos, y lo otro, por la gran confianza que tenía de mí, no pudiéndose persuadir a tal maldad; si bien me decía que en mí las tristezas y alegrías eran extremos que tocaban en locura.

¡Válgame el cielo, y qué ceguedad es la de los amantes, pues nunca me alumbré de ella hasta que a costa de tantas desdichas se me han abierto los ojos!

Llegó a tal extremo y remate la de mis maldades que nos dimos palabra de esposos don Dionís y yo, para cuando muriera doña Magdalena; como si estuviera en nuestra voluntad el quitarla la vida, o tuviéramos las nuestras más seguras que ella la suya.

Llegose en este tiempo la Semana Santa, en que nos es fuerza acudir al mandamiento de la Iglesia; y si bien algunas veces en el discurso de mi mal estado me había confesado, había sido de cumplimiento; y yo, que sabía bien dorar mi yerro, no debí de haber encontrado confesor tan escrupuloso como este que digo, o yo debí de declararme mejor.

¡Oh infinita bondad, y lo que sufres! En fin, tratando con él del estado de mi conciencia, me la apuró tanto, y me puso tantos temores de la perdición de mi alma, no queriéndome absolver y diciéndome que estaba, como acá, ardiendo en los infiernos, que volví a casa bien desconsolada, y entrando en mi retraimiento, empecé a llorar de suerte que lo sintió una doncella mía que se había criado conmigo desde niña; que es la que, si os acordáis, señor don Gaspar, hallasteis en aquella desdichada casa, sentada en el corredor, arrimada a la pared, pasada de parte a parte por los pechos: esta pues, con grandes instancias, ruegos y sentimientos, me persuadió a que la dijese la causa de mi lastimoso llanto, y yo (o por descansar con ella, o porque ya la fatal ruina de todos se acercaba, advirtiendo, lo primero, el secreto y disimulación delante de don Dionís, porque no supiese que ella lo sabía, por lo que importaba) la di cuenta de todo, sin faltar nada, contándola también lo que me había pasado con el confesor.

La doncella, haciendo grandes admiraciones, y más de cómo había podido tenerlo tanto tiempo encubierto sin que ninguno lo entendiese, me dijo, viendo que yo la pedía consejo, estas razones:

—Cierto, señora mía, que son sucesos los que me has contado de tanta gravedad que era menester, para dar salida a ellos, mayor entendimiento que el mío; porque pensar que has de estar en este estado presente hasta que doña Magdalena se muera, es una cosa que solo esperarla causa desesperación; porque ¿cómo sabemos que se ha de morir ella primero que tú?, ¿ni don Dionís decirte que te apartes de él, amándole? Es locura, porque ni tú lo has de hacer, ni él, si está tan enamorado como dices, menos; tú, sin honor y amando, aguardas milagros, que las más de las veces en estos casos suceden al revés, porque el cielo castiga estas intenciones y acontece morir primero los que agravian que el agraviado, acabar el ofensor y vivir el ofendido. El remedio que hallo, cruel es, mas ya es remedio; porque llagas tan ulceradas como estas quieren curas violentas.

Roguela me le dijese, y respondiome: