—Que muera doña Magdalena, que más vale que lo padezca una inocente, que irá a gozar de Dios con la corona del martirio, que no que tú quedes perdida.

—¡Ay, amiga, y no será mayor horror que los demás —dije yo— matar a quien no lo debe; y que Dios me castigará a mí, pues haciendo yo el agravio, le ha de pagar el que le recibe!

—David —me respondió mi doncella— se aprovechó de él matando a Urías, porque Bersabé no padeciera ni peligrara en la vida ni en la fama; y tú me parece que estás cerca de lo mismo, pues el día que doña Magdalena se desengañe, ha de hacer de ti lo que yo te digo que hagas de ella.

—Pues si con solo el deseo —respondí yo— me ha puesto el confesor tantos miedos, ¿qué será con la ejecución?

—Hacer lo que hizo David —dijo la doncella—; matemos a Urías, que después haremos penitencia: en casándote con tu amante, restaurar con sacrificios el delito, que por la penitencia se perdona el pecado, y así lo hizo el santo rey.

Tantas cosas me dijo y tantos ejemplos me puso, y tantas leyes me alegó, que como yo deseaba lo mismo que ella me persuadía, reducida a su parecer, dimos entre las dos la sentencia contra la inocente y agraviada doña Magdalena, que siempre a un error sigue otro, y a un delito, muchos: y dando y tomando pareceres cómo se ejecutaría, me respondió la atrevida mujer, en quien pienso que hablaba y obraba el demonio:

—Lo que me parece más conveniente para que ninguna de nosotras peligre, es que la mate su marido, y de esta suerte no culparán a nadie.

—¿Cómo será eso —dije yo—, pues doña Magdalena vive tan honesta y virtuosamente que no hallará jamás su marido causa para hacerlo?

—Eso no es del caso —dijo la doncella—, ahí ha de obrar mi industria; calla y déjame hacer, sin darte por entendida de nada; y si antes de un mes no te vieres desembarazada de ella, tenme por la más ruda y boba que hay en el mundo.

Diome parte del modo, apartándonos las dos, ella a hacer oficio de demonio y yo a esperar el suceso, con lo que cesó nuestra plática: y la mal aconsejada moza, y yo más que ella, pues que ambas seguíamos lo que el demonio nos inspiraba, hallando ocasión, como ella la buscaba, dijo a don Dionís que su esposa le quitaba el honor, porque mientras él no estaba en casa, tenía trato ilícito con Fernandico.