Este era un mozo de hasta edad de diez y ocho a veinte años, que había en casa nacido y criádose en ella, porque era hijo de una criada de los padres de don Dionís, la que había sido casada con un mayordomo suyo: y muertos ya sus padres, el desdichado mozo se había criado en casa heredando el servir mas no el premio, pues fue muy diferente del que ellos habían tenido; que este era el que hallasteis muerto a la puerta de la cuadra donde estaba doña Magdalena: era galán y de buenas prendas, y muy virtuoso, por lo cual a don Dionís no se le hizo muy fácil el creerlo, si bien la preguntó que cómo lo había visto. A lo que ella respondió que al ladrón de casa no hay nada oculto, que piensan las amas que las criadas son ignorantes.

En fin, don Dionís le dijo que cómo haría para satisfacerse de la verdad.

—Haz que te vas fuera y vuelve al amanecer, o ya pasando de media noche, y hazme una seña para que yo sepa que estás en la calle —dijo la criada—, que te abriré la puerta y los cogerás juntos.

Quedó concertado para de allí a dos días, y mi criada me dio parte de lo hecho, de que yo algo temerosa me alegré, aunque por otra parte me pesaba; mas viendo que ya no había remedio, hube de pasar, aguardando el suceso. Vamos al endemoniado enredo que voy diciendo, por la pena que me da referir tan desdichado suceso.

Al otro día dijo don Dionís que iba con unos amigos a ver unos toros que se corrían en un lugar tres leguas de Lisboa; y apercibido su viaje, aunque Fernandico le acompañaba siempre, no quiso que esta vez fuera con él, ni otro ningún criado, que para dos días los criados de los otros le asistirían; y con esto se partió el día a quien siguió la triste noche que me hallasteis.

En fin, él vino solo, pasada media noche, y hecha la seña, mi doncella, que estaba alerta, le dijo se aguardase un poco, y tomando una luz, se fue al aposento del malogrado mozo, y entrando alborotada, le dijo:

—Fernando, mi señora te llama que vayas allá muy apriesa.

—¿Qué me quiere ahora mi señora? —replicó Fernando.

—No sé —dijo ella— más de que me envía muy apriesa a llamarte.

Levantose, y queriendo vestirse, le dijo: