—No te vistas, sino ponte esa capa y enchanclétate esos zapatos, y ve a ver qué te quiere, que si después fuere necesario vestirte, lo harás.
Hízolo así Fernandico, y mientras él fue donde su señora estaba, la cautelosa mujer abrió a su señor.
Llegó Fernando a la cama donde estaba durmiendo doña Magdalena, y despertándola, la dijo:
—Señora, ¿qué es lo que me quieres?
A lo que doña Magdalena asustada, como despertó y le vio en su cuadra, le dijo:
—Vete, vete, mozo, con Dios. ¿Qué buscas aquí? Que yo no te llamo.
Que como Fernando la oyó, se fue a salir de la cuadra cuando llegó su amo al tiempo que él salía, y como vio que estaba desnudo y que salía del aposento de su esposa, creyó que salía de dormir con ella, y dándole con la espada, que traía desnuda, dos estocadas, una tras otra, le tendió en el suelo, sin poder decir más de Jesús sea conmigo, con tan doloroso acento que yo, que estaba en mi aposento, bien temerosa y sobresaltada (como era justo estuviese quien era causa de un mal tan grande, y autora de un testimonio tan cruel, y motivo de que se derramase aquella sangre inocente, que ya empezaba a clamar delante del tribunal supremo de la divina justicia), me cubrí con un sudor frío; y queriéndome levantar para salir a estorbarlo, o ya que mis fuerzas estuviesen enflaquecidas, o que el demonio que estaba ya señoreado en aquella casa lo estorbase, me hallé de suerte que no pude verificarlo.
En tanto don Dionís, ya de todo punto ciego, entró donde estaba su inocente esposa, que se había vuelto a quedar dormida con los brazos sobre la cabeza, y llegando a su puro y casto lecho, a sus airados ojos y engañada imaginación sucio, deshonesto y violado con la mancha de su deshonor, le dijo:
—¡Ah traidora, y cómo descansas en mi ofensa!
Y sacando la daga, la dio tantas puñaladas cuantas su indignada cólera le pedía, sin que pudiese ni aun formar un ¡ay!, con lo que desamparó aquella alma santa el más hermoso y honesto cuerpo que conoció el reino de Portugal.