Ya a este tiempo había yo salido fuera de mi estancia y estaba en parte que podía ver lo que pasaba, bien perdida de ánimo y anegada en lágrimas, mas no me atreví a salir; y vi que don Dionís pasó adelante a un retrete que estaba consecutivo a la cuadra de su esposa, y hallando dos desdichadas doncellas que dormían en él, las mató, diciendo:

—Así pagaréis, dormidas centinelas de mi honor, vuestro descuido, dando lugar a vuestra alevosa señora para que velase a quitarme el honor.

Y bajando por una escalera excusada que daba a un patio, salió al portal, y llamando los dos pajes que dormían en un aposento cerca de allí, que a su voz salieron despavoridos, les pagó su puntualidad con quitarles la vida: y como un león encarnizado y sediento de humana sangre volvió a subir por la escalera principal, y entrando en la cocina, mató las tres esclavas que dormían en ella, que la otra había ido a llamarme, oyendo la revuelta y llanto que hacía mi criada, que sentada en el corredor estaba, la que, o porque se arrepintió del mal que había hecho cuando no tenía remedio, o porque Dios quiso que le pagase, o porque el honor de doña Magdalena no quedase manchado sino que supiese el mundo que ella y cuantos allí habían muerto iban sin culpa, y que solo ella y yo la teníamos, que es lo más cierto, arrimando una hacha que ella propia había encendido a la pared, pues tan descaradamente siguió su maldad que para ir a abrir la puerta a su señor la pareció poca luz la de una vela, que en dejándonos Dios de su divina mano, pecamos como si hiciéramos algunas virtudes, sin vergüenza de nada se sentó y empezó a llorar, diciendo:

—¡Ay desdichada de mí, qué he hecho! ¡Ya no hay perdón para mí en el cielo ni en la tierra; pues por apoyar un mal con tan grande y falso testimonio, he sido causa de tantas desdichas!

A este mismo punto salía su amo de la cocina, y yo por la otra parte, y la esclava que me había ido a llamar, con una vela en la mano; y como la oí, me detuve y vi que llegando don Dionís a ella, la dijo:

—¿Qué dices, moza, de testimonio y de desdichas?

—¡Ay, señor mío! —respondió ella—, ¿qué tengo de decir, sino que soy la más mala hembra que ha nacido, que mi señora doña Magdalena y Fernando han muerto sin culpa, con todos los demás a quienes has quitado la vida? Sola yo soy la culpada y la que no merezco vivir; que yo hice este enredo, llamando al triste Fernando, que estaba en su aposento dormido, diciéndole que mi señora le llamaba, para que, viéndole tú salir de la forma que le viste, creyeses lo que yo te había dicho; para que, matando a mi señora doña Magdalena, te casaras con doña Florentina, mi señora, restituyéndola y satisfaciendo con ser su esposo el honor que la debes.

—¡Oh, falsa traidora! si eso que dices es verdad —dijo don Dionís—, poca venganza es quitarte una vida que tienes, que mil son pocas, y que a cada una se te diese un género de muerte.

—Verdad es, señor; verdad es, señor, y lo demás mentira; yo soy la mala, y mi señora la buena; la muerte merezco, y el infierno también.

—Pues yo te daré lo uno y lo otro —respondió don Dionís—, y restauraré la muerte de tantos inocentes con la de una traidora.