Y dicho esto, la atravesó con la espada por los pechos contra la pared, dando la desdichada una grande voz, diciendo:

—Recibe, infierno, el alma de la más mala mujer que crió el cielo, y aun allá pienso que no hallará lugar.

Y diciendo esto la rindió a quien la ofrecía.

A este punto salí yo con la negra, y fiada en el amor que me tenía, entendiendo amansarle y reportarle, le dije:

—¿Qué es esto, don Dionís, qué sucesos son estos? ¿Hasta cuándo ha de durar el rigor?

Él, que ya a este punto estaba de la rabia y dolor sin juicio, embistiendo conmigo, me dijo:

—Hasta matarte y matarme, falsa, traidora, liviana, deshonesta, para que pagues haber sido causa de tantos males; pues no contenta con los agravios que con tu deshonesto apetito hacías a la que tenías por hermana, no has parado hasta quitarla la vida.

Y diciendo esto, me dio las heridas que habéis visto y acabárame de matar si la negra no acudiera a ponerse en medio, que como la vio don Dionís, asió de ella y mientras la mató tuve yo lugar de entrarme en un aposento y cerrar la puerta, toda bañada en mi sangre.

Acabando pues don Dionís con la vida de la esclava, y que ya no quedaba nada vivo en casa si no era él, porque de mí bien creyó que iba de modo que no escaparía; e instigado del demonio, puso el pomo de la espada en el suelo y la punta en su cruel corazón, diciendo:

—No he de aguardar a que la justicia humana castigue mis delitos, que más acertado es que sea yo el verdugo de la justicia divina.