Se dejó caer sobre la espada, pasando la punta a las espaldas, llamando al demonio que le recibiese el alma.

Yo viéndole ya muerto y que me desangraba, si bien con el miedo que podéis imaginar de verme en tanto horror y cuerpos sin alma, que de mi sentimiento no hay qué decir, pues era tanto que no sé cómo no hice lo mismo que don Dionís, mas no lo debió de permitir Dios porque se supiese un caso tan desdichado como este; con más ánimo del que en la ocasión que estaba imaginé tener, abrí la puerta del aposento, y tomando la vela que estaba en el suelo me bajé por la escalera y salí a la calle con ánimo de ir a buscar, viéndome en el estado que estaba, quién me confesase, para que, ya que perdiese la vida, no perdiese el alma.

Con todo, tuve advertimiento de cerrar la puerta de la calle con aquel cerrojo que estaba, y caminando con pasos desmayados por la calle, sin saber adónde iba, me faltaron con la sangre las fuerzas y caí donde vos, señor don Gaspar, me hallasteis, donde estuve hasta aquella hora y llegó vuestra piedad a socorrerme, para que, debiéndoos la vida, la gaste el tiempo que me durare en llorar, gemir y hacer penitencia de tantos males como he causado, y también en pedir a Dios guarde la vuestra muchos siglos.

Calló con esto la linda y hermosa Florentina: mas sus ojos, con los copiosos raudales de lágrimas, no callaron, que a hilos se desperdiciaban por sus más que hermosas mejillas, en que mostraban bien la pasión que en el alma sentía, que forzada de ella se dejó caer con un profundo y hermoso desmayo, dejando a don Gaspar suspenso y espantado de lo que había oído; y no sé si más desmayado que ella, viendo que, entre tantos muertos como el muerto honor de Florentina había causado, también había muerto su amor, porque ni Florentina era ya para su esposa ni para dama era razón que la procurase, pues que la veía con determinación grande de tomar más seguro estado que la librase de otras semejantes desdichas como las que por ella habían pasado, y se alababa en sí de muy cuerdo en no haberle declarado su amor hasta saber lo que entonces sabía.

Y así, acudiendo a remediar el desmayo con que estaba, ya vuelta de él la consoló, esforzándola con algunos dulces y conservas, y diciéndola cariñosas razones, la aconsejó que en estando con más entera salud, el mejor modo de adquirir su reposo era entrarse en religión, donde viviría segura de nuevas calamidades; que en lo que tocaba a allanar el riesgo de la justicia, si hubiese alguno, él se obligaba al remedio, aunque diese cuenta a Su Majestad del caso, si fuese menester: a lo que la dama, agradeciendo los beneficios que había recibido y recibía, con nuevas caricias le respondió que ese era su intento, y que cuanto antes se negociase y ejecutase, le haría mayor merced: que ni sus desdichas ni el amor que al desventurado don Dionís tenía, le daban ya lugar a otra cosa.

Acabó don Gaspar con esta última razón de desarraigar y olvidar el amor que la tenía; y en menos de dos meses que tardó Florentina en cobrar fuerzas, sanar de todo punto y negociarse todo, pues que fue necesario que se diese cuenta a Su Majestad del caso, quien dio piadoso el perdón de la culpa que Florentina tenía en ser culpada de lo referido, se consiguió su deseo, entrándose religiosa en uno de los suntuosos conventos de Lisboa, sirviéndole de castigo su mismo dolor y las heridas que le dio don Dionís, supliendo el dote y demás gastos la gruesa hacienda que había de la una parte y de la otra, donde hoy vive santa y religiosísima vida, carteándose con don Gaspar, a quien, siempre agradecida, no olvida, antes con muchos regalos que le envía, agradece la deuda en que le está; el cual, vuelto con Su Majestad a Madrid, se casó en Toledo, donde hoy vive, y de él mismo supe este desengaño que habéis oído.

Apenas dio fin la hermosa Lisis a su desengaño, cuando la linda doña Isabel, como quien tan bien sabía su intención, mientras descansaba para decir lo que para dar fin a este entretenido sarao faltaba, porque ya Lisis había comunicado con ella su intento, dejando el arpa y tomando una guitarra, cantó sola lo que se sigue:

Al prado, en que espinas rústicas

Crían mil humores sálicos,

Que de ausencias melancólicas