Un ¡ay! doloroso, desgarrador, se escapó del pecho de la infeliz Sancha, y fue a clavarse derecho en el corazón de la reina, que convulsa y anhelante seguía su carrera con sus asombrados ojos.
El conde de Cangas había logrado acercarse a Bimarano, que se había detenido transido de fatiga; pero haciendo este un último e inconcebible esfuerzo, salvó de un salto la enorme peña, que le estorbaba el paso, y echó a correr desesperadamente por la falda de la montaña.
—Dispara, conde —gritó Fruela al de Cangas, que pasaba a la sazón por debajo de su ventana.
Apuntó este su jabalina, mas la voz de la sangre y el temor de herir al hermano de su rey contuvieron su brazo.
—¡Bárbaro verdugo! —exclamó Munia precipitándose hermosa, sublime de indignación, hacia su esposo—. ¡Guárdate de derramar la sangre de tu hermano!
El rey, furioso, desnudó su daga, y con mano forzuda hizo caer de hinojos a sus pies a la desventurada Munia; mas en aquel momento un brazo robusto sujetó el de Fruela, que encontró ante sus ojos a su hermano Aurelio, austero, sombrío y amenazador, cubriendo con el suyo el cuerpo de la reina.
—¡Atrás, príncipe! —gritó esta con tan imperioso acento, que Aurelio no pudo menos de retroceder—. ¡Hiere! —continuó Munia levantándose imponente y majestuosa, y mostrando al rey su pecho—. ¡Hiere, Fruela, y me harás una señalada merced, porque solo con la muerte podré olvidar que has levantado tu puñal sobre mi pecho! ¡Hiere! ¡Esta muerte me será más dulce que la que ha de causarme el recuerdo de tu crueldad!...
El rey contempló durante algunos instantes como aturdido la noble figura de Munia, que se asemejaba a la estatua de la justicia celeste; poco a poco fue bajándose su brazo, y por último, su mano calenturienta soltó el puñal.
Una inmensa gritería, que resonó muy próxima, le arrastró a la ventana, y un gozo cruel iluminó su semblante; Sancha estaba privada de sentido en los brazos de su hermano en tanto que algunos hombres de armas de este rodeaban al infante Bimarano, aunque sin atreverse a tocarle.
—¡Llevadle preso a los subterráneos de mi castillo! —gritó el rey a los montañeses, que desaparecieron con el príncipe.