—¡No! —gritó Munia con voz tan firme y vibrante cuanto apacible había sido antes—: la reina no conspira contra ti, porque, aunque ya no te ama, respeta el nombre y la corona que le has dado; la reina no hace más que consolar de tus inicuas crueldades a los pobres príncipes a quienes tan injustamente llamas conspiradores.

—¿Luego sabes quién ha sustraído al niño Bermudo a mi justa saña?

—Yo he sido —dijo Munia adelantándose impávida hacia el rey.

—¿Y serás tú también la que protege los amores livianos de sus padres? —prosiguió Fruela sonriendo de una manera que hubiera dado espanto a cualquiera otra mujer que no hubiera sido la esforzada Munia.

—Sí —contestó esta—. ¡Yo, que creo más justo apretar los lazos con que Dios ha unido sus almas que tolerar tus odiosas persecuciones hacia Sancha de Ribadeo! ¡Yo que he sabido ser paciente y sufrida para no rebajarte a los ojos de los condes de tus reinos y asistir en silencio a la agonía del amor que llenaba mi alma, pero que no he querido con mi inacción hacerme digna de tus injurias! ¡Sábelo, Fruela! —continuó con voz profunda—: ¡Yo he protegido los amores de tu hermano Bimarano con la hermana del conde de Cangas! ¡Yo he guardado al hijo de entrambos!... ¡Y hace pocos instantes he enviado a Bimarano a aquel castillo a fin de que vele por Sancha porque su hijo está seguro!...

La reina, en la vehemencia de su razonamiento, había arrastrado a su esposo hasta una de las ventanas, y le mostraba con arrogante ademán el castillo de Cangas. Fruela, atónito con lo que estaba oyendo, había seguido maquinalmente a Munia, y fijaba su mirada espantada en la enorme cordillera de rocas, que servía de ceñidor a su real castillo.

De repente brillaron sus ojos como dos teas; sus tostadas mejillas se cubrieron de un rojo purpúreo, y apretó los puños desprendiéndose de la mano de Munia.

Al mismo tiempo se veía saltar de peña en peña a un hombre cubierto con la vestidura blanca de los príncipes reales, y que llevaba entre sus brazos a una mujer, cuyo largo manto oscuro flotaba a merced del viento.

La sombra del crepúsculo cubría ya las montañas con su blanquecino velo; pero la luna serena y hermosa alumbraba el paisaje, y permitió al rey y a la reina reconocer en el hombre que corría al príncipe Bimarano, y en la mujer que este llevaba en sus brazos a la hermana del conde de Cangas.

Una celeste expresión de dicha iluminó el semblante de la reina; pero sus facciones se cubrieron de una palidez mortal al columbrar en la poterna del castillo roqueño al joven conde de Cangas a la cabeza de un crecido número de montañeses armados de jabalinas que, a una seña del rey, se precipitaron como una furiosa jauría en persecución de los fugitivos.