Un golpe fuerte y metálico resonó en todos los ángulos de la plaza: era el hacha del verdugo que chocaba contra el blasonado escudo de los condes de Carrión y contra sus armas siempre victoriosas y aún teñidas con su sangre.
El anciano se enderezó como un león herido: hubiérase dicho que el hacha del verdugo había partido su corazón. La reina, olvidando su propia aflicción, le tendió una mano, que él se cuidó de tomar.
—¡Salvémosla, por Dios, conde! —exclamó doña Juana señalando a Berenguela, que permanecía inmóvil.
—Es inútil pensar en salir; la guardia se ha doblado y tenemos que atravesar la Plaza Mayor, donde están levantando mi cadalso, y la cual estará llena de soldados del rey... ¡Oh! —gritó de repente el conde, acercándose a Berenguela que parecía una estatua de mármol, y desprendiéndole de la frente su diadema de perlas.
—¿Qué vais a hacer? —exclamó la reina.
—¡Salvarla! —contestó el anciano con entereza.
La pobre loca no hizo movimiento alguno; ni siquiera advirtió que le quitaban aquella riquísima alhaja; arrodillada sobre la sangre de su hermano, que ya empapaba su blanca túnica, tenía la boca seca y entreabierta, y tiritaba de calentura.
La reina se acercó a ella y tocó sus manos heladas.
—Va a perder el sentido, conde —dijo volviéndose al anciano, que se había quedado enfrente de la infanta, mirándola con desencajados ojos—. ¡Una copa de agua... pronto, si no, esta pobre joven se muere!... —continuó la reina al ver que Berenguela desfallecía por momentos.
El anciano se acercó impávido a una mesa, tomó una copa de oro con agua que había pedido aquella misma noche para recobrar a Berenguela de su desmayo al volver del alcázar, y se la presentó después de contemplarla cerca de la lámpara. La desdichada apuró ansiosa hasta la última gota el agua que contenía la copa, y luego, por un movimiento natural en su carácter apasionado, besó dulcemente la mano que se la había presentado.