—¡Oh, desgraciada niña!

—Luego —continuó Berenguela, tomando en sus manos abrasadas las manos de la reina—, luego ese hombre me trajo a esta casa... y me dio por carcelero a su hijo... que me había perseguido un año con su amor, cuando estaba en Burgos... y cuando volvió Florestán a buscarme,... ¡padre e hijo sacaron las espadas y le mataron... ahí... donde está ese charco de sangre!...

Y la infanta señalaba el sitio donde se había arrodillado.

—¡Ah! —gritó desesperadamente el conde—. ¡Mirad ya la luz del día! ¡Nos hemos equivocado en la hora!

En efecto: una blanca cinta empezaba a dibujarse en el horizonte, empujando rápidamente las tinieblas.

—Es menester concluir —dijo la reina con amargo desaliento—. ¡Y esa guardia que se ha doblado en las puertas!... ya es imposible salir... imposible... ¡yo estoy vendida también!

Hubo un rato de solemne silencio: la reina, cubierto el rostro con las manos, sollozaba amargamente; el conde, apoyado en la pared, permanecía yerto e inmóvil. Berenguela, en pie, les miraba alternativamente, sin comprender nada de aquella desesperación.

—¡Ven! —dijo después de un largo rato, queriendo llevar a la reina al sitio donde se había arrodillado—; ¡ven... aquí debemos morir las dos... porque aquí ha muerto él!...

Un confuso sonido de atabales y de trompetas, que desembocaba en la Plaza Mayor, cubrió la debilitada voz de la joven, y poco después se oyó la de un pregonero.

—«¡Oíd, oíd, oíd!» —decía con fuerte acento—: «esta es la justicia que manda hacer nuestro buen rey Enrique II con el traidor y rebelde conde de Carrión, que ha roto su honor, como el verdugo rompe ahora sus blasones, y como, al mediarse el día de hoy, romperá el hilo de su vida.»