Cuando vio aparecer a la reina y al conde, se levantó, y de un salto se puso cerca de ellos.

—¿Dónde está Florestán? —preguntó con ansia, devorando al anciano con su ardiente mirada.

—Florestán ha muerto para vos —dijo don Álvaro con voz hueca, y conduciéndola de nuevo a su asiento.

—¡Ha muerto! —gritó la desdichada—: ¿le has muerto tú o tu hijo?... porque ese caballero que me guardaba, me dijo que don García era hijo tuyo... sí... sí... ¡él fue!, yo le vi sacar la espada... y luego... creo que me desmayé...

—¿Queréis venir conmigo, Berenguela? —preguntó la reina acercándose a ella.

—¿Salir yo de este cuarto regado con su sangre? —exclamó la infanta que acababa de arrodillarse en la sangre todavía caliente de don Sancho—. ¿Quién eres tú que me haces esa pregunta? —prosiguió volviendo hacia la reina sus extraviados ojos y mirándola atentamente.

Mas, reconociéndola al instante y poniéndose en pie, la llevó cerca de la lámpara de plata que ardía en su dormitorio, abandonado ya por los ballesteros, desde el momento en que la reina se presentó.

—¡Ah! —dijo Berenguela mirándola con fijeza—. ¡Es la joven de los rizos rubios, que me dijeron era la esposa de Florestán!... ¿Y no llora?... ¿Es que tus ojos se han secado como los míos? ¿Es que no tienen lágrimas que verter? ¿O vienes acaso a morir conmigo sobre esa sangre que derramó por mí?

—¡Oh, Dios mío! ¡Está loca! —exclamó la reina cubriéndose el rostro con las manos.

—¡Loca! —repitió amargamente la infanta, cuyo desvarío crecía por instantes—. ¿También dices tú como mi madre y como aquellos muchachos que me pegaban tanto? Mira... yo huí del lado de mi madre porque me llamaban loca... ¿y sabes por qué?... porque llevaba siempre estas perlas que Florestán ciñó a mi cabeza, y porque todos los días salía al campo a esperarle... luego vine a buscarle a Toledo, ¡y las gentes me maltrataban y me llamaban loca también!... después encontré a Florestán, a mi querido Florestán, a tu lado... y yo... no te aborrecí, ni dejé de amarte... por eso... pero tú mandaste que me arrancaran de sus brazos... tú, que eres tan hermosa... y tienes el rostro tan dulce como los ángeles de mis sueños... ¿por qué fuiste tan cruel conmigo?... ¿por qué me separaste de él si yo no te había hecho ningún daño?...