—¿Podremos convencerla para que nos siga, conde?

—¡Oh, si nos dejan llegar hasta ella, os juro que la salvaré! —dijo el anciano, al mismo tiempo que echaba abajo de un vigoroso empuje una de las tablas de la puerta; luego descolgó la lámpara, y una oscura y tortuosa escalera apareció, en efecto, a la vista de entrambos.

—¡Esta es la que conduce al jardín! —exclamó doña Juana—: ¡no me había engañado!

Y dejando la lámpara en el primer peldaño, se apoyó en el brazo del conde, y lo arrastró tras sí precipitadamente.

—¡Oh, qué noche! —murmuró la reina.

—¡Noche de tormentos —añadió el anciano—, que va a abrir a dos mártires las puertas del cielo!

VII

La reina de Castilla pudo vencer todas las dificultades que los ballesteros del rey oponían para permitirle la entrada en la casa del conde. Sabían ellos bien que los caprichos de doña Juana eran acatados por su esposo mismo, el cual le profesaba un afecto tranquilo, pero tiernísimo.

Al fin penetraron en la cámara de la infanta: esta había saltado del lecho al volver de su desmayo, y se había puesto únicamente una túnica blanca; estaba sentada en un sitial, y sus pies desnudos se apoyaban en el helado mármol del pavimento.

Sus largos cabellos, cuyas gruesas trenzas estaban medio deshechas, caían en desorden sobre su frente cubierta de intensa palidez; todas sus facciones, desencajadas hasta un extremo increíble, habían perdido su expresión dulce y débil, y sus grandes ojos, casi siempre melancólicos e impregnados de ternura infinita, se veían brillantes de fiebre y giraban a todos lados llenos de espanto.